Ante el Brexit: cambio radical o declive de Europa

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El Reino Unido se ha divorciado de la UE. La noticia es tan disruptiva que apenas nos sentimos capaces de abarcarla desde todos sus ángulos.

En el Reino Unido  el hecho está causando un maremoto de proporciones históricas: en Irlanda del Norte se pide la anexión a Irlanda, en Escocia se proclama un segundo referéndum, Cameron dimite y se abre la búsqueda de nuevo líder conservador, y en el Partido Laborista los “blairitas”, con brío renovado, intentan descabalgar a Corbyn mientras la izquierda laborista reclama una salida progresista de la UE (un “ProgrExit”).

En el plano económico, el hecho ha conmocionado a la libra, al euro, a la prima de riesgo, a las bolsas que se hunden y a los bancos que pierden valor en las bolsas. Para algunos, después de la conmoción vendrá el rebote. Yo no las tengo todas conmigo: en un sistema económico global cogido con alfileres como el actual, cualquier espoleta, y ésta es de gran calibre, puede ocasionar el siguiente Lehman Brothers.

Mientras tanto, en Europa se han multiplicado las llamadas a la serenidad, y los más reflexivos comienzan a hablar de un cambio del proyecto europeo con apelaciones a “más Europa”, “más integración” y un impulso renovado. Pero se equivocan: a partir de ahora o se produce un cambio radical o la UE entrará en declive. El “brexit” ha colocado a la UE contra las cuerdas, y la única salida posible es una nueva coalición política que lidere ese cambio radical.

El Reino Unido es el primer país que decide divorciarse de la UE porque siempre ha permanecido con un solo pie en el estribo. Su vocación atlántica como potencia puente entre los EEUU y Europa, viene desde los tiempos de Churchill. Y en los 40 años de medio-permanencia en Europa, el corazón de laboristas y conservadores ha permanecido dividido. Pero dejar el análisis ahí sería tonto. Porque a esa indefinición histórica se le ha unido el éxito fulgurante de la derecha xenófoba británica, materializada en el rápido ascenso del Ukip, que ha actuado como detonante radicalizando a los conservadores para que no dieran tregua a Cameron hasta que convocó la consulta.

Las clases medias rurales nostálgicas del imperio han sido pasto del Ukip. Pero también lo han sido los trabajadores empobrecidos por décadas de decadencia industrial, recortes en los servicios públicos y precarización laboral en una espiral a la baja que no cesa.

La imagen que mejor describe lo que ha pasado en el Reino Unido fue Londres. Allí las nuevas clases urbanas, enriquecidas por la burbuja de la vivienda, los profesionales que prosperan en la nueva economía  y todos los que se benefician de la City han votado mayoritariamente por la permanencia en Europa, como un islote rodeado por las clases trabajadoras del Este londinense y el resto de Inglaterra y Gales, que han favorecido masivamente el “brexit”.

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La clave del “brexit” está en que el populismo ultranacionalista y xenófobo ha sido el catalizador que ha llevado al Reino Unido a romper la indefinición que mantenía desde el final de la Segunda Guerra Mundial respecto a Europa: un populismo nacionalista y xenófobo que va recogiendo el descontento de segmentos crecientes de las clases populares que rechazan las pretendidas virtudes del neoliberalismo por la sencilla razón de que a ellos, más que beneficiarles, les va empobreciendo.

Por eso, la reacción más significativa en Europa no han sido las llamadas a la fortaleza o los lamentos de los políticos europeos, sino la fulminante respuesta de toda la ultraderecha populista, que se ha apresurado a pedir referendos para salir de la UE en Francia, Holanda, Italia, Alemania, Dinamarca y Austria.

Esa ultraderecha (a la que hay que añadir la que existe en los países del Este de Europa incorporados a la UE, como Hungría o Polonia) es tan pujante que ha logrado ya que las pusilánimes autoridades del status quo europeo acuerden una política inhumana respecto a los millones de refugiados, una vergonzosa negación de los derechos humanos de asilo. Y el pasado viernes, con el Brexit, esa ultraderecha ha logrado su segunda gran victoria.

A los que mantengan la cabeza serena ante lo que ha ocurrido, hay que decirles que esto es el preámbulo de lo que se le viene a Europa encima: el neoliberalismo ha moldeado una Europa de los egoísmos y la insolidaridad, de los bajos salarios y la desigualdad creciente, coronado todo ello por un Banco Central Europeo que se dedica en teoría a mantener la estabilidad de los precios, pero que es incapaz de relanzar el crecimiento económico y el empleo para todos. La coalición política que ha impulsado esa Europa está pilotada por los conservadores y el Partido Popular Europeo, en alianza histórica con los demócratas liberales y el apoyo en muchas ocasiones del reformismo gradualista de los socialdemócratas europeos. Su legado es la emergencia de la peor versión de una resistencia al “establishment”, en la forma de una ultraderecha que tiene motivos para felicitarse porque progresa sin parar.

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Es hora de que se caigan las vendas de los ojos de todos los amantes de la democracia y la paz social. Solamente una socialdemocracia que se disponga a cambiar el modelo actual, en alianza con una izquierda radical que ponga su ímpetu al servicio de ese cambio, logrará convencer a los más recalcitrantes, como la socialdemocracia alemana, para cambiar Europa. Solamente un nuevo proyecto de izquierda democrática logrará cambiar los destinos de Europa y detener a una ultraderecha que, por el momento, se apropia del descontento popular. O eso o Europa seguirá su declive institucional, político y social.

En España, los Pirineos aún nos siguen impidiendo ver con luces largas, y más en medio del fragor de las batallas electorales actuales. Pero estaría bien que nos diéramos cuenta de que la derecha ultranacionalista avanza sin parar al otro lado; que los conservadores son incapaces de frenarla, porque la han generado y se comienzan a plegar ante ella. Que aquí, en España, tenemos una oportunidad para que una alianza entre los socialistas (si deciden meter en cintura al capitalismo) y la izquierda radical (si aclara su naturaleza aún confusa) se convierta en embrión de la solución que necesita Europa país a país y en su conjunto. Si esta visión triunfara, comenzaríamos a ver en el futuro más respeto y diálogo entre las fuerzas de la izquierda, en vez de excesos de sectarismo y transformismo o intentos de sepultar al vecino con tretas y dobles lenguajes.

Los enemigos están ahí, están progresando y en esa batalla, que se libra en España y en Europa, nadie que luche por la justicia social sobra.

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DE LA ECONOMIA DIGITAL AL POSTCAPITALISMO: ¿UNA TRANSICIÓN YA EN MARCHA?

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Este artículo se ha realizado en coautoría con un querido y respetado colega, Ignacio Muro, y ha sido publicado en Bez Diario ( http://www.bez.es/115347130/De-la-economia-digital-al-postcapitalismo-una-transicion-en-marcha.html )

 

El carácter exponencial de la economía digital y la naturaleza infinita de su input principal, la información digitalizada, han detonado dos nuevas tendencias que están crecientemente conectadas. Por un lado, el capitalismo necesita cada vez menos contenido de trabajo productivo; por otro, surgen nuevas actividades socialmente útiles que ocupan a cada vez más gente, funcionando fuera de la lógica mercantil del capitalismo.

Estas lineas pretenden contribuir a la construcción de un relato que hilvana una nueva noción del progreso social y del avance de la humanidad a partir de esa íntima conexión.

El capitalismo necesita cada vez menos trabajo productivo

Los estudios que analizan la influencia tecnológica en el mercado de trabajo han ocupado en los últimos años de modo creciente no solo a grandes especialistas sino a instituciones de prestigio como el MIT, que publicó un extenso informe sobre el futuro del mercado de trabajo en 2012,  la Universidad de Oxford en 2013, o el Instituto Pew Research en 2014, que elaboró una encuesta entre casi 2000 grandes expertos que debían responder sobre la incidencia estimada del cambio tecnólogico sobre el empleo neto en el horizonte 2025.

La conclusión dominante de esos trabajos es que anticipan, por un lado, una oleada de desempleo que afectará especialmente a algunos grupos de especialidades tanto no cualificada como cualificadas y, por otro, cambios en la división del trabajo hombre-máquina, con efectos profundos sobre el modo de producción, distribución y consumo.

Esas mutaciones se harán visibles en dos etapas: en la primera, los robots pasarán a convertirse en un objeto de uso general en muchas actividades, con efectos sustitutivos sobre efectivos humanos de cualificación  media  en diversos campos de la producción, administración, logística, marketing y servicios. La segunda etapa se verá afectada por los grandes avances en inteligencia artificial, que, a un nivel elemental ya se está convirtiendo en una realidad cotidiana en los asistentes digitales (tipo Siri de Appel) que están en todos los teléfonos inteligentes. Cuando alcance su esplendor, podrían dejar de ser necesarios diversos perfiles de especialistas creativos en áreas de ciencia, ingeniería y arte que forman parte de las llamadas “profesiones liberales”.

Los efectos sociales de esas transformaciones viene agudizadas por desarrollarse bajo la hegemonía absoluta del capitalismo financiero, propio de su etapa actual neoliberal. A las desigualdades crecientes entre capital-trabajo se unirá la polarización entre los diferentes tipos de trabajadores, acentuando las diferencias entre la renta del 20% de profesionales altamente cualificados y el 80% restante de trabajadores.

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Desigualdad y desempleo  creciente parecen ser las señas de identidad de un futuro en el que el sistema capitalista no solo necesita cada vez menos volumen de trabajo productivo sino que no es capaz de retribuir con remuneraciones suficientes al trabajo para garantizar un nivel de vida digno. La depresión consecuente del mercado de trabajo vendrá acompañada de una tendencia creciente a la deflación de precios, la baja productividad y al bajo crecimiento, con un PIB insensible a las inyecciones monetarias que los bancos centrales están  insuflando en las economías desarrolladas.

Se trata de un fenómeno de largo plazo, que conecta el descenso de precios de bienes y servicios y salarios reales con el decreciendo de la cantidad de trabajo que precisan para ser producidos. Y ello nos acerca a los postulados de la economía política clásica que, desde Adam Smith hasta Marx, conectaban el valor de un bien con la cantidad de trabajo que incorpora. Desde esa perspectiva, la tendencia a la disminución de la necesidad del trabajo humano en el mercado capitalista ya está operativa. Se comienza a percibir en nuestras sociedades en la forma de una disminución generalizada del tiempo de trabajo, el progreso de las fórmulas de trabajo a tiempo parcial, la difuminación de las fronteras entre tiempo de trabajo profesional y tiempo dedicado a actividades no remuneradas, o la proliferación de las carreras irregulares combinando periodos de trabajo asalariado o profesional y otras actividades. En otras palabras en la economía digital, el pleno empleo, el de las carreras regulares a cuarenta horas semanales, se ha vuelto imposible.

Nuevas actividades y un nuevo modo de producción que surge al margen del mercado

Todos los economistas que se dedicaron a la economía política prestaron siempre gran atención a la base tecnológica del modo de producción. En concreto, Marx en su “Fragmento sobre las Máquinas”, (incluido en los Grundisse) escribió un par de páginas que nunca pasaron a ser parte del marxismo tal y como ha sido desarrollado hasta la fecha, y que han sido brillantemente rescatadas para la izquierda por Paul Mason en su “Postcapitalismo”. Si la izquierda marxista siempre pensó (y fracasó por ello) que la planificación estatal era la ruta de escape desde el capitalismo, en estas páginas Marx apunta que la ruta de escape desde el capitalismo es el intelecto social. Así, vislumbró con clarividencia una situación en la que el capitalismo llegaría a basarse en el conocimiento, impulsando un carácter social y opuesto a las formas privadas de producción. Un momento en el que “el capital trabaja para su propia disolución”, en el que el principal factor de producción es la inteligencia colectiva, y “el desarrollo libre de las individualidades” trae como resultado la “reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo”.

Lo cierto es que, junto a la expulsión gradual de trabajadores del mercado capitalista, han comenzado a surgir nuevas relaciones de producción posibilitadas por el cambio tecnológico, que caen completamente fuera de la esfera del mercado, acompañadas de modos de distribución y consumo abiertas, libres, sin precio. Pensamos que se trata de un nuevo modo de producción que es hijo de la digitalización masiva de los procesos económicos, que maneja un volumen de información que tiende a infinito, la procesa casi instantáneamente, la reproduce de modo ilimitado y la incorpora a multiples actividades de modo global y colaborativo.

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En productos como Wikipedia colaboran 75.000 voluntarios que han construido la enciclopedia más vasta del mundo, con costes nulos de capital y trabajo y es un producto libre, colaborativo y permanentemente actualizado. Todo el proceso se construye desde una lógica no mercantil: se alimenta desde la colaboración de las multitudes para compartir el saber (o crowd wisdom) y se financia desde el micropatrocinio a través de la aportación de fondos sin contrapartida (o crowdfunding).

Pero no siempre es así. Los nuevos modos colaborativos a veces se insertan en procesos más complejos en los que la lógica mercantil termina apareciendo y pugnando por ser dominante. La rapidez en que se ha cimentado el liderazgo de Android, el sistema operativo de Google para movil, es su capacidad para crecer y adaptarse a distintos requerimientos de los fabricantes a partir de un nucleo Linux de código abierto y libre, de precio cero en el mercado. Con sus conflictos, el conjunto de relaciones que propicia, se alimenta de una red de aplicaciones que combinan contribuciones universales y compartidas, no mercantiles, con otras exclusivas, regidas por la lógica del coste y el beneficio tradicional.

La extensión de los “creative commons” han sido determinantes en la universalización de las actividades culturales y creativas que son el cimiento de la nueva economía de los intangibles. Se trata de licencias copy left en las que el creador organiza las prioridades de uso de sus obras anteponiendo que se cite su autoría sobre cualquier otra consideración mercantil asociada al copy right. Al poner el foco en la eliminación de la propiedad intelectual, quitan cualquier sentido transaccional a la reutilización de los contenidos y facilitan que el trabajo creativo se comparta rápidamente. En Noviembre de 2014 había ya 880 millones de trabajos creativos estimados dentro de esta categoría.

El conjunto de actividades que caen bajo la categoría de “contenido generado por los usuarios” no solo se limitan a subir a la red blogs, fotos o videos personales, sino que tambien aportan valores crecientes a los procesos de decisión, añadiendo, por ejemplo,  transparencia y control sobre la calidad de los servicios de hoteles, restaurantes o servicios; o alimentando los foros de discusión que resuelven cuestiones que antes atendían los departamentos comerciales, de atención al cliente y de mantenimiento, solucionando problemas e incidencias. Son actividades socializadas que quedan fuera del mercado pero que sustituyen a operaciones internas que antes realizaban y costeaban todas las empresas.

 Dos modos de producción en disputa

La disputa entre esos modos de producir, el nuevo regido por pautas colaborativas y abiertas y el viejo regido por la lógica mercantil, se va haciendo evidente. Aunque la hegemonía de lo mercantil permanece y consigue, en muchas ocasiones, apropiarse del plus producto generado bajo el nuevo modo de producción, convirtiéndolo en subalterno, es evidente que la disputa se está generalizando, mucho más cuando la transformación tecnológica expulsa a cada vez más trabajadores de los procesos productivos.

La socialización de esos procesos incorporarían cifras escalofriantes al PIB de los países si pudieran ser medidas, pero, al no hacerlo, ocultan un fenómeno de una magnitud nunca imaginada: todo un nuevo sector en crecimiento, que viene a unirse a la emergencia de una oleada de nuevas actividades en el ámbito de la economía social y solidaria y de la innovación social.

A este nuevo sector lo denominamos el sector postcapitalista de la economía. Lo que defendemos es que la irrupción de la economía digital está abriendo las puertas a una transición desde el sistema capitalista a otro nuevo sistema, en el que el mercado y el capital van a ir coexistiendo de modo creciente con un sector de la economía que no opera con la lógica del beneficio ni con la lógica del mercado.  Al igual que ocurrió en la larga y compleja transición entre el modo feudal y el capitalista, en la que convivieron lógicas muy diversas durante mucho tiempo, el agotamiento creciente del modelo  neoliberal nos muestra ya las entrañas de los modos post-capitalistas.

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Con ello se cierra el círculo: la expulsión creciente de trabajadores fuera del sistema mercantil se está viendo acompañada por el crecimiento de actividades que, teniendo utilidad social, ya no se mueven dentro de la lógica del sistema. Por una parte, el sistema capitalista construyendo una modernidad ficticia que desprecia la actividad productiva, expulsa trabajo, aboca a la desigualdad y se mueve en espasmos de burbuja en burbuja; por otro, el sistema poscapitalista, creando actividad y trabajo en modos que las estadísticas no son capaces de medir.

Todo se está poniendo patas arriba. La hegemonía de lo mercantil en el sistema productivo no solo se debilita por debajo, en las nuevas formas colaborativas que nacen al margen, sino también por arriba, donde lo financiero le come el espacio de la rentabilidad. La financiarización de la economía, la obsesión por crear valor financiero al accionista mediante plusvalías en los mercados, acelera la concentración empresarial y detrae recursos  crecientes al sistema productivo que queda debilitado también desde la propia lógica mercantil. El nuevo capitalismo, el patrocinado por las grandes empresas tecnológicas, queda también subyugado por la obsesión financiera y acelera la construcción de monopolios artificiales que a la larga no permanecerán.

Es lógico que, en este contexto, aparezca la renta básica universal como parte de las soluciones. Pero ésta no debería ser enfocada solamente como una solución frente a la crisis y sus secuelas de pobreza, sino que tiene un recorrido mucho más largo: es consecuente con una situación en la que la tecnología va sustituyendo al trabajo remunerado y el propio capitalismo comienza a expulsar el trabajo productivo y merma su mercado interno por falta de consumo.

La digitalización de la economía hará más y más necesarias nuevas formas de remuneración al margen del sistema capitalista que garanticen una renta de subsistencia. Pero será preciso pensar en conectar la renta básica universal con nuevos mecanismos de valoración de la utilidad social de las nuevas actividades fuera del mercado.

La renta básica universal es uno de los elementos de transición que se abren hoy a partir de una nueva economía política que desborda al neoliberalismo y supera, al mismo tiempo, los paradigmas del pasado socialdemócrata. Pero hay muchos otros elementos que hay que ir explorando: son los nuevos retos de las políticas de la izquierda para favorecer y hacer posible la transición al postcapitalismo.

 

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¿Quién puede detener el fascismo en Europa?

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Se dice que la Unión Europea ha dado un paso fundamental el lunes día 9 de Mayo al ofrecer a Grecia una restructuración (aplazamiento del pago) de su deuda y una reducción de sus tipos de interés al 2%. La restructuración, que tendrá dificultades en Alemania, implica alargar sus plazos entre 5 y 10 años.

¿Deberíamos estar contentos por nuestros vecinos griegos?

Yo no las tengo todas conmigo, por varias razones. En primer lugar porque sigue sin modificarse el compromiso básico de que Grecia alcance y mantenga – desde 2018 hasta vaya a saber usted cuándo,- un superávit presupuestario del 3,5% del PIB (0,5 en 2016, 1,8 en 2017). Sí, ha leído bien: en un país que ha perdido desde 2010 un 25% de su PIB y en el que el desempleo se sitúa en el mismo 25%, se le exige como condición para seguir dotándole de fondos con que pagar su deuda, que se sitúe a la cabeza de Europa con  un superávit del 3,5% de su PIB dentro de tres años. Son cifras irreales, y todo el mundo lo sabe. Christine Lagarde, la Directora del Fondo Monetario Internacional, escribió la semana pasada una carta a todos los ministros de Finanzas de la UE en las que les decía que ese objetivo era mucho más alto que lo que el Fondo considera como sostenible económica y socialmente para Grecia en el largo plazo.

Pero si alguien piensa que el Fondo Monetario Internacional, como el segundo gran prestatario del rescate griego después de la UE, se está reblandeciendo, se equivoca.

Mientras ocurría esto, el 2 de Abril se publicitó desde Wikileaks la transcripción de una conversación entre dos altos funcionarios del Fondo Monetario Internacional, que discutían la nueva ronda de negociaciones con Grecia y jugaban con la idea de escenificar un “evento de acreedores” para forzar al país a una situación cercana a la bancarrota.

Aparentemente esto es contradictorio: desde el Fondo se avisa de que no es realista el objetivo de que Grecia alcance un superávit presupuestario de 3,5% del PIB; se aboga  desde el Fondo por la restructuración de su deuda y la UE así lo admite; pero al mismo tiempo se juega con la idea, por supuesto desmentida por el representante del Fondo en Europa Poul Thomssen, de seguir con la táctica de presionar a Grecia, acercándola al abismo.

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Y sin embargo estos hechos no son tan contradictorios entre sí.

Paul Mason, periodista comprometido y uno de los más influyentes pensadores de la izquierda europea con su libro “Postcapitalismo”, reflexionaba hace unos días sobre el comportamiento al que se está acostumbrando la UE en la resolución de los problemas de la crisis: se ha jugado siempre a llevar las cosas al límite. Más que diálogo, existe, como modus operandi, la presión sin piedad  al límite sobre el deudor. Yo pienso que lo peor es que esta dureza está inscrita en el ADN de la Unión. Un detalle no menor es el frío mandato estatutario del Banco Central Europeo: no dice ni una palabra acerca de trabajar por el crecimiento económico o el empleo europeo: su mandato se limita a asegurar la estabilidad de los precios.

La segunda tendencia viene explicada por el desconcierto general que existe a nivel internacional respecto a cómo salir del peligro de deflación que nos amenaza, sobre todo al mundo desarrollado. Las dudas de la Reserva Federal sobre si continuar o no con la subida de los tipos de interés en los EEUU iniciada a comienzos de este año, las dudas del Gobernador del Banco de Inglaterra o del Presidente del Banco de Pagos Internacionales acerca del agotamiento de la eficacia de la política de expansión cuantitativa (monetaria) para sacarnos de la situación, la invocación a otras políticas que no acaban de concretarse, van reflejando una creciente incertidumbre y confusión por parte del “establishment” económico mundial sobre si lo que se está haciendo para resolver los problemas que aquejan a la economía es acertado. Particularmente relevantes son las dudas crecientes sobre cómo se puede abordar el problema de una deuda global (tanto pública como corporativa y privada) que no ha parado de crecer desde comienzos de los años 2000, y que ya se sitúa cercana al 300% del PIB global. Esto último, naturalmente, actúa como un “test de realidad” y repercute directamente en la incertidumbre de si lo que se ha hecho con Grecia, – el rescate más salvaje de la historia conocida – ha sido acertado. Es en esta coyuntura en la que se inscribe este paso novedoso de la restructuración, siempre cauta y bien medida, del pago de la deuda griega.

Pero, con todo, las espadas siguen en alto. La presión sigue siendo el arma principal para imponer una disciplina presupuestaria de hierro.

La lección que debería asimilar España en estos momentos es que no se puede ir a negociar con el “establishment” económico europeo o mundial armado única y exclusivamente de patriotismo. Las palabras de Tsipras, aquellas que dijo en Junio de 2015 “Si lo que quiere Europa es que se mantenga la sumisión, tomaremos la decisión de decir no y lucharemos por la dignidad de nuestro pueblo”, no han servido sino para redoblar la presión sobre el país.

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Es evidente, como asegura Paul Mason, que Tsipras, con su escudo mellado por los golpes descargados desde la troika, ha logrado proteger más a los griegos y a los refugiados sirios (no hay que olvidarse de ellos ni un momento) que lo que habría hecho cualquier otro gobierno.

Pero hay que concluir también que para cambiar esta Europa que solamente dialoga con el puño por delante y se olvida de la solidaridad, se necesita mucha más fuerza que la que pueda tener la izquierda radical europea: solo una alianza entre ésta y una socialdemocracia que se caiga del caballo y retorne a poner las cosas en su sitio en nombre de sus valores de libertad, igualdad y solidaridad, serán capaces de arrancar las reformas que se precisan. El escenario alternativo es una Europa en horas bajas en la que los partidarios de desmembrarla, de la xenofobia y la autarquía, -cuando no el fascismo puro y duro, – crecen alarmantemente.

EEUU, UK y Europa: un “establishment” económico agotado

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El año 2016 está siendo todo menos tranquilo. De hecho, respecto a la economía global me atrevería a decir que nos encontramos en el terreno más inexplorado de toda nuestra vida.

La Reserva Federal de los EEUU decidió a finales de 2015 terminar con una era de tipos de interés en torno al 0% y, por primera vez desde Junio de 2006, los subió a la horquilla del 0,25%-0,5%.

Por su parte, el Reino Unido, a diferencia de los EEUU, mantiene los tipos en torno al 0,5%, y aunque se decía que habría subida de los mismos a finales de 2016, ahora esto se retrasa hasta Agosto de 2019!

Y finalmente, la pasada semana, Draghi bajó, por vez primera en la historia de la Unión Europea, los tipos al 0%, complementando esto con una expansión monetaria que sube de 60 mil millones a 80 mil millones las compras de deuda del BCE, anunciando que las compras pueden incluso dirigirse a bonos corporativos y aumentando el coste de mantener reservas bancarias en las arcas del BCE.

Unos suben, otros mantienen otros bajan los tipos…  pero estas diferencias son más aparentes que reales, y por debajo de todo ello está la misma confusión y falta de certidumbres del “establishment” económico mundial.

Vayamos por partes.

Por un lado, parece que Janet Yellen y la FED ya se han arrepentido de la subida de los tipos en los EEUU. Ésta se presentó como el adiós oficial a casi una década de crisis y de amenaza de estancamiento a su salida. También se celebró como el fin de una política exitosa de mantenimiento de tipos de interés cercanos al 0% y de una enorme expansión cuantitativa (el famoso “Quantitative Easing”, o QE).

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Pero han bastado algunos accidentes de recorrido (el parón del crecimiento de la economía china, las bajadas del precio del petróleo y de los precios de las materias primas) para que se descomponga ese cuadro feliz: no hay esperanza de que la subida gradual de tipos siga su curso, al menos en este año de 2016. Lo que era un primer paso, se ha quedado en un vacilante experimento puntual.

¿Por qué ha ocurrido esto? Los enormes esfuerzos para estimular el crecimiento norteamericano dándole sin descanso a la máquina de hacer dinero han dado pocos resultados y las bases del crecimiento son muy débiles. Cierto que el desempleo en los EEUU está en mínimos históricos, pero también es cierto que la tasa de actividad en los EEUU está en torno al 60% de la gente en edad de trabajar: a pesar de todo el estímulo, muchos ciudadanos se han visto desplazados hacia los márgenes de la sociedad. Además, los salarios son tan bajos que no sirven como pilar de un crecimiento vigoroso del consumo y la demanda.

No puedo resistir la tentación de reproducir las palabras de Stiglitz (http://www.elmundo.es/cronica/2016/03/14/56e319c7ca474193378b45b3.html) a propósito de la calamitosa situación en ese país:

“La situación económica lleva estancada para el nivel más bajo de la sociedad, y yo diría para el 90% de la población, desde hace un par de generaciones (…) Esas personas trabajan muy duro. Pero ven que el dinero se lo quedan otros. La productividad ha subido. Pero ellos ven cómo sus sueldos están estancados desde hace generaciones (…) La gente de Wall Street les ha echado de casa, les ha echado de sus trabajos, y ha sido premiada con bonus de millones de dólares. Literalmente, les han premiado por destruir vidas. Y a nadie, absolutamente a nadie en Wall Street, se le ha reclamado responsabilidades.”

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 Y, por supuesto, ahí es donde ha entrado Donald Trump, con sus promesas de volverles a hacer grandes…

Respecto al Reino Unido, la historia, en sus trazos de fondo, es parecida. Los tipos, desde hace 6 años, se han fijado en torno al 0,5%. Con la subida de tipos en los EEUU, el Reino Unido contempló subidas paralelas, pero los mismos cálculos que están influyendo en la Reserva Federal norteamericana han llevado al Banco de Inglaterra ya a posponer cualquier subida de los tipos hasta 2019, e incluso se está hablando de que los baje hacia el suelo del 0%.

A los accidentes de recorrido que antes se señalaban se unen en el caso del Reino Unido otros elementos como la delicada situación de alguno de sus bancos y la dura realidad de la situación económica de Gran Bretaña – unas deudas colosales del Estado y de los consumidores, el final de una expansión económica impulsada por los “baby boomers” que ahora se están retirando y el miedo a que colocarse fuera de la línea en cuestión de tipos perjudique a la libra.

Y es este último elemento el que pesa como una losa complementaria tanto para el Reino Unido como para el resto de las regiones analizadas aquí: con la amenaza de China en la cabeza, nos podemos estar adentrando en una posible guerra de devaluaciones competitivas, – y por ello no parece lo más oportuno iniciar una subida de tipos en este momento.

Europa siguió, al comienzo de la crisis, una senda diferente: impuso la austeridad hasta 2012 cuando se situaron los tipos en un 1,5%, y solamente abrazó la senda de la expansión cuantitativa (QE) y de las bajadas de los tipos de interés desde entonces. Quizás por ello, le queda mucho más camino que recorrer de esta senda que ha venido usando los EEUU y el Reino Unido desde hace tiempo. Por ello el Banco Central Europeo ha abrazado ahora, con el celo del neófito, un paquete de medidas tan ambicioso.

El problema es que Europa comienza a ir cuando los demás ya han vuelto. Los EEUU y el Reino Unido ya han recorrido el camino de la expansión monetaria y muchos comienzan a interrogarse sobre la efectividad que puede seguir teniendo. Como señala Paul Mason (https://medium.com/mosquito-ridge/ecb-needs-a-monetary-policy-for-the-people-52e91b4e9cd2#.qv4a9hfw3) en un excelente artículo:

“En el último mes dos de los banqueros más relevantes de bancos centrales – Mark Carney del Banco de Inglaterra y Claudio Borio del Banco de Pagos Internacionales – han advertido que el estímulo monetario está perdiendo efecto; que las tasas de interés negativas aumentan el riesgo de estancamiento; y han llamado a los Estados a hacer “reformas estructurales” más radicales para reactivar el crecimiento”.

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Lo perverso de la mentalidad económica del “establishment” es que el camino de las “reformas estructurales”, el de la búsqueda de estabilidad presupuestaria a base de austeridad y recortes, es, precisamente, el que ya ha recorrido Europa con un estrepitoso fracaso.

Y es aquí donde se cierra el círculo: Europa ha intentado capear la crisis con políticas de austeridad que no han dado resultados pero sí han destrozado sociedades. Nadie en su sano juicio debería seguir esta senda, después de la experiencia europea. A su vez, los EEUU y el Reino Unido han intentado estimular sus economías con una política monetaria extraordinariamente ambiciosa, pero no han logrado su objetivo, porque esa expansión no se ha filtrado hasta el fondo de sus economías y no ha logrado estimular la capacidad adquisitiva de sus ciudadanos.

En verdad, el “establishment” económico ya no sabe cómo incentivar las economías para volver a una época normal de crecimiento económico. Pero, en cambio, sí nos encontramos con una deuda global que avanza firmemente hacia el 300% del PIB global, con que los estímulos han ido a parar a las capas superiores de la sociedad, con la amenaza de una época prolongada de deflación y estancamiento económico, y con la certidumbre creciente de que, apenas salidos de una crisis y una muy tímida recuperación, podríamos adentrarnos en una nueva crisis.

En este mar de confusión, en la que el propio establishment económico mundial no sabe ya qué hacer, es quizás Europa la que tiene, como la región que más tarde ha llegado a las políticas de expansión monetaria, una posible ventaja. ¿Por qué no intentar que la implementación de la política de expansión cuantitativa se implemente de otro modo? Por qué no intentar un expansión cuantitativa (QE) para el pueblo?

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Como dice sencilla y llanamente Paul Mason  en la reflexión citada: “Si el Banco Central Europeo va a imprimir dinero a esta escala, los mecanismos de transmisión a través de los que induce crecimiento deberían ser diseñados y controlados democráticamente. Tienen que servir en primer lugar a la gente, y solo en último lugar a la élite financiera. Si Mario Draghi puede comprar las deudas de Volkswagen, y tal vez las acciones de Volkswagen para aumentar su valor, entonces debería ser capaz de amortizar los préstamos para automóviles de millones de propietarios de Volkswagen, o financiar la educación universitaria gratuita a lo largo y ancho de la zona euro”.

Es una idea, tan disruptiva como oportuna, vista la confusión reinante. Y es una idea que solamente se podría plantear en Europa si la socialdemocracia abandona los caminos del “establishment” económico y ayuda a canalizar hacia reformas realmente disruptivas el ímpetu de las alternativas radicales de izquierda que están surgiendo en algunos países como España.

La alternativa es aterradora: seguiremos viviendo un clima de continuas inestabilidades inmersos en un modelo económico neoliberal que no tiene ya fórmulas sensatas, mientras asistimos a un apoyo ciudadano creciente a los cantos de sirena de la derecha ultranacionalista y autárquica europea, británica o estadounidense.

 

AHORA NO TOCA CONQUISTAR EL CIELO

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CARMENA

De las pocas nuevas frescas y alentadoras de los últimos días, hay que destacar las palabras de la Alcaldesa de Madrid: “Si somos profundamente democráticos no hay que decir ‘vamos a probar con otras elecciones a ver si hay cambio’. Con lo que tenemos, que ha sido la respuesta de la ciudadanía, hay que trabajar”.

Las palabras de la alcaldesa son un eco certero, confirmado por las encuestas demoscópicas, de lo que sienten amplios sectores de la ciudadanía que votó por alguno de los partidos que defienden un cambio frente al  PP.  Efectivamente, parece que se confirma que los partidos que se esfuerzan más sincera y claramente por formar gobierno, están siendo recompensados en intención de voto. Y los que ponen palos en las ruedas pueden perder en la jugada parte del electorado que les votó.

Por supuesto hay que excluir de este análisis al PP. A diferencia del resto, no tiene otro remedio que probar suerte con una nueva mano: desde el 20-D ha demostrado que ni sabe ni quiere jugar a los pactos, no se aparta del terreno propio y se mueve lo menos posible de sus caminos. Para el PP unas nuevas elecciones podrían suponer borrar de golpe un terreno de juego que no ha querido pisar. Hace el cálculo, y no le falta razón, de que un discurso de la estabilidad le daría réditos en esa eventual nueva cita electoral. Y más si en el camino aligera su mochila en cuanto a liderazgo.

Medidas las cosas con esta vara de medir, – la de actuar con sinceridad para lograr un gobierno de pacto,- Cs y el PSOE tienen mucho ganado, puesto que han logrado un programa de mínimos que deja atrás mucho de lo que deshizo el PP, en punto a regeneración democrática y plan de rescate social.

Es normal, por ello, que las miradas se dirijan ahora a la izquierda del PSOE, particularmente a Podemos, y muchos se interroguen por qué no adopta una nueva actitud de búsqueda sincera del diálogo y el acuerdo.

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Las explicaciones al uso a mí no me convencen. Podemos no se está cerrando en banda solamente porque las razones equivocadas: por una fijación excluyente de Cs como partido de derechas o por su insistencia en que un gobierno de izquierdas es posible si se acepta un apoyo implícito de los independentistas catalanes.

Podemos se opone al pacto también por otras dos razones de fondo.

La primera es que, aunque no tengo certezas, me da la impresión que el PSOE cedió ante Cs en algo muy importante: Cs quería conservar la iniciativa y ampliar el pacto conseguido hacia el PP, e impedir que se ampliara hacia la izquierda. El PSOE, en vez de dejar su pacto con Cs más o menos cerrado pero no proclamado, se avino a escenificar a bombo y platillo la firma de su acuerdo. Con ello lanzó un mensaje claro de contención de posibles mejoras de lo ya acordado. Es lógico que el resto de socios potenciales del PSOE, -Compromís, IU o Podemos e incluso el PNV- se sintieran como convidados de piedra ante un pacto ya esculpido, y reaccionaran con una negativa a apoyarlo. Y en el caso de Podemos al agravio general se unió además el hecho de que durante dos meses había intentado mantener la iniciativa en todo momento en su carrera de competencia con el PSOE.

La segunda razón consiste en que Podemos no está de acuerdo con algunos de los puntos firmados por Cs y el PSOE. Creo que estos puntos giran en torno a temas como la subida del Salario Mínimo Interprofesional, la derogación de la reforma laboral, la reforma del IRPF o la negociación con Bruselas para acordar una nueva senda del déficit público. Yo entiendo que, para aquellos que el cambio debería suponer algo más que lo acordado hasta la fecha, estos puntos sean centrales, y más teniendo en cuenta la situación de callejón sin salida que ha aportado al mundo en general y a España en particular las políticas neoliberales. Por ejemplo, no se podrá iniciar en España una nueva senda de crecimiento real y sostenible si no se lanza al mercado una señal fuerte de que deben acabar los “infra salarios”, y esto supone una subida más ambiciosa del SMI.

Sin embargo, llegados al punto actual Podemos está patinando ya sobre una capa muy fina de hielo. Quizás debería reconocer que no ha sido posible por el momento conquistar los cielos, y que no puede esgrimir una enmienda a la totalidad y comprometer así los objetivos progresistas que el PSOE y Cs ofrecen en su acuerdo a la ciudadanía. Por el contrario, debería poner encima de la mesa un intento sincero de mejorarlos, negociando cuestiones concretas como las mencionadas, y abriendo así su radicalismo a una faceta reformista que aún no ha estrenado a escala nacional. Y el PSOE, aún arriesgando algo de incomprensión por parte de su socio actual, debería animar ese movimiento.

Aunque no sea por otras razones, es necesario hoy reconocer la regla de oro que la situación parece estar destilando: para todos los que aspiraron a un cambio el 20 de Diciembre, el único modo de posicionarse bien ante unas nuevas elecciones consiste precisamente en olvidarse de ellas y dar muestras convincentes de que se quiere construir un gobierno del cambio a partir de la mano que los votantes han dado a cada fuerza.

Más allá de este análisis de coyuntura, creo que hay otra razón de fondo que debería impulsar ese cambio de paso: a futuro, y con la que está cayendo en los mercados internacionales y en Europa, un socialismo que decidiera poner bridas al capitalismo y una nueva fuerza como Podemos que aportara ímpetu para llevar la realidad más allá de los límites actuales, no deberían ser fuerzas antagónicas, sino complementarias. Aunque ésto, naturalmente, es otra historia.

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Postcapitalismo: una revolución en el pensamiento de izquierdas

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Una revolución: eso es lo que creo que va a significar el pensamiento de Paul Mason y su libro “Postcapitalismo: hacia un nuevo futuro”[1] que presentó el 29 de Febrero de 2016 en Madrid.

A diferencia de Thomas Piketty, su visión no se refiere solamente a un aspecto del capitalismo, las desigualdades que genera. Ni se refiere a la crítica del modelo económico actual y las opciones equivocadas que toma, como en el caso de Krugman o Stiglizt, o a la crítica moral del sistema, como Amartya Sen o Christian Felber.

Paul Mason hace un análisis relativamente novedoso del sistema capitalista y de cómo ha llegado a adoptar el modelo neoliberal. Lo hace de modo extensivamente informado y ameno, señalando todos los rasgos de la economía dominante: el destrozo del poder organizado de los trabajadores desde los años 80, y sus consecuencias de aparición del precariado y la aparición de las sociedades desarrolladas “desiguales”; la financiarización de la economía, por la que se va manteniendo los niveles de consumo partir de la explosión crediticia como sustituto de buenos salarios; la política de expansión monetaria que se usa como remedio habiendo sido causa de las últimas burbujas y pinchazos; la explosión imparable de la deuda a escala global…

Pero no solamente realiza un análisis, sino que demuestra bastante convincentemente que el capitalismo ha agotado ya su capacidad de readaptarse.

A partir de aquí podría Mason haber tomado la senda moral de denunciar lo que hay, y expresar lo que debería haber. Pero, y esta probablemente es la gran originalidad de su pensamiento, analiza lo que está ocurriendo en el propio sistema capitalista y aísla varios elementos que suponen que al capitalismo le ha surgido en su propio seno las semillas de un sistema diferente.

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Son tres los elementos que nos presenta, todos ellos relacionados con la irrupción de la economía digital. Su argumento fuerte, más allá de las explicaciones al uso de que la economía digital va a traer desempleo, o mayores desigualdades, va más allá en tres aspectos.

– Por un lado defiende que la economía digital esconde en sus entrañas una tendencia a ir haciendo gradualmente innecesario el trabajo productivo. Rescata así, otra vez de modo muy convincente, la teoría del trabajo como fuente de valor (marxista, pero originaria en Adam Smith y David Ricardo). No es que el trabajo desaparezca. Es que el mercado va a necesitar cada vez menos trabajo para producir.

-Por otro lado, define la información, el input de la economía digital, como una materia prima que nada tiene que ver con otros recursos productivos en la historia. La información es un recurso infinito que, por su propia naturaleza, quiere ser libre. Y este fenómeno nos enfrenta con la verdadera naturaleza de monopolios artificiales y, a la larga, inefectivos con los que están surgiendo las grandes empresas de la información.

– Y, finalmente, como prueba empírica, analiza el imparable ascenso de nuevas actividades “productivas” que crecen fuera del sistema capitalista, con “precio cero”, absolutamente al margen de las dinámicas del mercado. Arroja, de este modo, una nueva luz a las nuevas formas de “economía colaborativa”, desde Wikipedia hasta el software libre o la producción de contenido colectivo a través de las nuevas redes sociales.

A partir de estas tendencias, Paul Mason concluye que nos encontramos ya en una transición a un nuevo sistema, que a falta de otro nombre, llama “postcapitalista”.

Y la parte final de su pensamiento, probablemente la que necesita de más maduración, debate y diseño está dedicada a cómo se puede favorecer, desde la política, esa “transición”.

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Que aporta, pues, esta visión del “postcapitalismo”?

Por un lado constituye la denuncia más clara que yo haya visto hasta la fecha de la situación de caos en la que se encuentran las economías, sea  a escala nacional o internacional. Un caso que ha sido ratificado por la reciente reunión del G20, donde los líderes políticos de las naciones más poderosas de la tierra a duras penas se han puesto de acuerdo en que se necesitan nuevos esfuerzos para sacar al mundo de la amenaza de un horizonte de deflación, se ha reconocido que las políticas de expansión monetaria están tocando fondo pero no se ha sabido decir qué se puede hacer para salir de la situación actual.

Por otro lado da una luz de esperanza frente a esta situación. Pero no lo hace desde una posición moral a la que tan acostumbrados estamos: que la situación que tenemos hoy en el mundo desde el punto de vista ecológico, social o económico es denunciable, no deseable e insostenible lo vienen diciendo muchos y de modo creciente, comenzando por la propia organización de Naciones Unidas o el Papa Francisco, por poner ejemplos de referencia. Pero la denuncia y la condena no conducen a la resolución de los problemas. Paul Mason nos viene a decir, por el contrario, que el sistema capitalista que está agotando su propia capacidad de adaptación está, al mismo tiempo, generando las condiciones de su propia superación por un nuevo sistema.

Y no; no se trata de reproducir los mecanismos del mercado con sistemas como la planificación fracasada de los regímenes comunistas. Se trata más bien de una transición a un nuevo sistema en el que las actividades productivas se van a ir independizando del mercado y se van a ir convirtiendo en libres y accesibles para todos.

El pensamiento de Paul Mason es tan irresistible que puede  ser entendido como una llamada a la acción inmediata, en busca de una nueva izquierda que reme en la misma dirección incluyendo desde las opciones políticas antisistema hasta la socialdemocracia adaptada a los tiempos que corren. Y razones no faltan: desde una situación económica a escala mundial que pide a gritos soluciones frente a un posible colapso, pasando por una Europa que puede ver caer el Tratado Schengen en los próximos meses, hasta la situación de descoyuntamiento social, desempleo y debilidad de las bases del crecimiento económico que vivimos en nuestro país.

Pero no lancemos las campanas al vuelo: ni una convergencia del centro-izquierda y la izquierda va a ser tan fácil de lograr, como estamos viendo ahora en tiempos de formación de un gobierno del cambio, ni, a pesar de la brillantez del libro de Mason, tenemos ya encima de la mesa una nueva narrativa asimilable por amplios sectores del electorado de las clases medias y trabajadoras. Mason nos presenta el esqueleto, el andamiaje básico de esa nueva narrativa, pero hay que añadirle cuerpo, y elaborar nuevos mensajes simples, tan simples como los que lanzó en su día el marxismo o, más adelante, el neoliberalismo. Eso llevará tiempo y esfuerzo. Y, por otro lado, sabemos que la transición de la que habla Mason se irá desarrollando a largo plazo, entre cincuenta y cien años. Y que no ocurrirá sin accidentes, porque el 1% que resulta beneficiado del sistema actual, irracional y sin salida, lo van a defender con uñas y dientes.

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Sin embargo, lo que el “postcapitalismo” de Paul Mason marca, como no lo ha hecho hasta este momento nadie, es una nueva dirección en la que trabajar desde la política democrática en las condiciones inciertas, tormentosas y de cambios disruptivos del siglo XXI.

Notas

[1] http://www.planetadelibros.com/libro-postcapitalismo/207978

La falta de sostenibilidad económica del neoliberalismo

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Este pequeño ensayo es parte de mi búsqueda de un diagnóstico certero respecto a lo que está pasando con el modelo económico neoliberal. Incluye elementos que ya se han esbozado en otros “post” de este blog. No es un diagnóstico definitivo, pero se va acercando. Trata de por qué el modelo de crecimiento económico actual no solamente está estancado sino por qué también es profundamente inestable. Lo he escrito para el Foro de Economía Progresista que acabamos de crear en España.

  1. Escasas perspectivas de crecimiento en los próximos 50 años

No podía ser más negro el escenario hasta 2060 que nos pinta la OCDE[1]– y que se puede resumir en cuatro puntos:

  • Una larga etapa de débil crecimiento económico

Las proyecciones de la OCDE sitúan el crecimiento de PIB global en un 3% anual y del 2,7% para los países de la OCDE y los emergentes del G20. Teniendo en cuenta que los países emergentes crecerán por encima de esa media, el futuro del crecimiento de los países desarrollados, entre ellos de España, será mucho más bajo del que hemos experimentado nunca en nuestras vidas.

  • Debido al envejecimiento de su población, Europa deberá recibir una inmigración de 50 millones de personas para mantener el número actual de personas en edad de trabajar.

Pero las resistencias políticas en Europa a esta necesidad están ahí, en la forma de un 25% de votantes a opciones nacionalistas de derechas, y continúan creciendo. Si Europa no acierta con la política adecuada de acogida e integración, experimentaremos una disminución constante de la población activa, que para 2060 significará una disminución del 7% de la población en edad de trabajar.

  • Los trabajos semicualificados serán crecientemente reemplazados por tecnologías.

Por supuesto, esto se refiere a los trabajos que pueden ser desempeñados por máquinas inteligentes, y no a los trabajos de alta cualificación y los de baja cualificación que no se pueden estandarizar. De acuerdo con el detallado estudio de Frey y Osborne de 702 profesiones hecho en 2013, se concluía que un 47% de los puestos de trabajo actuales en los EEUU estaban en riesgo de desaparecer debido a la digitalización de muchas profesiones rutinizables, cualificadas o no cualificadas[2]. Esto tendrá consecuencias importantes en numerosos frentes: las demandas para una educación superior más amplia, para la educación a lo largo de toda la vida, y ocasionará una polarización de las desigualdades en la renta.

  • Por último, las desigualdades en la renta crecerán entre un 17% y un 40%.

Las desigualdades en países donde hoy la desigualdad es baja, como Suecia o Noruega crecerán para parecerse a las desigualdades actuales en la media de la OCDE, y las desigualdades en los países de la OCDE se parecerán más a las que hoy tienen los EEUU.

La conclusión que extrae en un análisis similar en su libro sobre Postcapitalismo[3] Paul Mason es contundente: el sistema capitalista y su modelo neoliberal nos depara un escenario de casi estancamiento económico para los próximos cincuenta años y de crecientes desigualdades en países como España: “la generación más educada en la historia de la humanidad no aceptará un futuro de alta desigualdad y de estancamiento en el crecimiento”.

A una conclusión parecida llegan los que defienden que nos enfrentamos a una época de estancamiento secular[4] : medida por cualquier parámetro, la recuperación después de la crisis de 2008 no acaba de arrancar.

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  1. Un modelo que conduce a un futuro de bajo crecimiento

El modelo económico neoliberal es la causa de este futuro de casi-estancamiento económico. A grandes rasgos este modelo, que emergió en los años 80, tiene las siguientes características[5]:

a) La precarización del trabajo en los países desarrollados: los salarios son cada vez menores para una mayoría, y éste es el resultado de la destrucción del poder organizado de los trabajadores, ocurrido entre 1980 y el comienzo del siglo XXI. Durante esas dos décadas del pasado siglo se emprendió un ataque sistemático contra el poder de los sindicatos en muchos países desarrollados. Como resultado, la afiliación sindical descendió en el Reino Unido en 23 puntos, en 8 puntos en los EEUU y Australia, o en 5 puntos en Japón y Holanda entre 1980  y 1990. Por primera vez en toda la historia de la industrialización, los poderes políticos se dedicaron a quebrar o limitar el poder organizado de los trabajadores, y esto se ha evidenciado en el descenso generalizado de la sindicación: tres de cada cuatro personas empleadas en la UE no son miembros de un sindicato, y se estima que el nivel de sindicalización en toda la UE caerá aún más – del 16,0% en la actualidad a poco menos de 11% en 2020.

La precarización del empleo como tendencia histórica afecta directamente a la capacidad de crecimiento de las sociedades: significa un volumen menor de rentas del trabajo que es el componente principal de la capacidad de consumo, y, por ello, de la demanda agregada  y del crecimiento económico.

Su correlato social es el aumento de la desigualdad. Generalmente, se tiende a pensar que el aumento constatado de la desigualdad en los países desarrollados tiene que ver con la crisis. Pero la tendencia a la desigualdad en los países con un modelo económico neoliberal comenzó mucho antes. El panorama mundial a largo plazo, entre 1988 y 2008 ha sido bien analizado por Christoph Lakner y Branko Milanovic[6]  compilando las ganancias porcentuales de renta de todos los habitantes de todos los países. Los ganadores en estos 20 años han sido por un lado el 5% de las rentas más altas, que contabilizaron el 44% del aumento de toda la renta mundial entre 1988 y 2008. Al mismo tiempo, las clases medias del  Asia resurgente (China, Indonesia, Tailandia o India) y países de América Latina, casi doblaron sus rentas. Pero los ciudadanos que no han visto incrementos importantes de su renta, o que han visto  disminuir su renta en esos 20 años, proceden, por un lado de las sociedades africanas, y por otra parte de las “economías maduras”, los países de la OCDE, el mundo rico. En España las desigualdades en la renta ya se estaban fraguando antes, y se duplicaron durante la crisis. La diferencia entre la renta per cápita y la renta de la mayoría aumentó entre 1995 y 2007 en 21,5%. Y entre 2008 y 2013 esta diferencia creció  otro 23,2%.

b) “Financiarización” de la sociedad, lo que significa que se mantiene un cierto nivel de consumo de la mayoría no tanto con salarios dignos, sino a través de infinitas facilidades crediticias.

Lo que la mayoría ya no gana a través de su trabajo lo sustituye con créditos, y de este modo se “medio mantiene” el nivel de consumo en la economía – con crecimientos económicos muy bajos y casi de estancamiento económico.

c)Hiperdesarrollo” creciente del sector financiero de la economía. La “financiarización” de la sociedad se hace posible a través de un sistema cada vez más complejo de productos financieros, – algo que fue posible una vez que se difuminó en 1999 la división entre banca comercial y banca de inversión/banca en la sombra, al anularse la Glass-Steagall Act de 1933 en los EEUU.

Las actividades del sistema financiero están aumentando. Si tomamos el año 2000 como referencia, los porcentajes de contribución del sector financiero al PIB eran, en el caso de la Unión Europea, el Reino Unido y los EEUU del 24,2%, 24,9% y 28,9%. Para 2014, se había producido un incremento notable con un aumento continuado a lo largo de estos 14 años hasta el 27,3%, 32,5%, y 30,4% (2013) respectivamente. Las actividades financieras van ocupando cada vez más parte del crecimiento económico en los países desarrollados. Pero el valor añadido producido por el dinero sobre el dinero no puede, en el largo plazo, significar un crecimiento real de las actividades económicas.

Estas dos tendencias, financiarización e hiperdesarrollo financiero se correlacionan con la tendencia siguiente.

d) La expansión monetaria como remedio a las crisis…y causa de las mismas. En el modelo económico neoliberal, la respuesta a cada desaceleración de la economía por parte de las autoridades públicas es el recurso a la creación de dinero.

 “Siete años después de que el estallido de una burbuja crediticia mundial diera lugar a la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, la deuda sigue creciendo. De hecho, en lugar de reducirse el endeudamiento, todas las grandes economías tienen hoy niveles de endeudamiento en relación al PIB mayores que en 2007” [7]

La burbuja crediticia que ocasionó la crisis había surgido de la expansión monetaria que se utilizó para curar el parón económico causado por la burbuja tecnológica de principios de siglo. Ahora, en vez de aprender del pasado, la nueva crisis ha pretendido ser curada con el mismo veneno: una nueva expansión monetaria, el “quantitative easing” de los EEUU que, al final, también ha sido adoptado por la UE desde Marzo de 2015.

 

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La expansión de la oferta monetaria se puede medir a través del crecimiento de la magnitud M3. Desafortunadamente los EEUU dejaron de publicar estadísticas de esta magnitud en 2006. Pero, en Europa se puede ver en el gráfico anterior cómo ha crecido ininterrumpidamente desde 1980 y cómo se ha duplicado en los últimos 10 años.[8]

Esta característica del sistema económico neoliberal tiene dos consecuencias:

  • Las expansiones monetarias sitúan los tipos de interés a niveles insignificantes, y, en consecuencia, borra los riesgos. En el sistema neoliberal todos los grandes conglomerados económicos, particularmente los financieros, saben que hagan lo que hagan, serán rescatados.
  • Ocasionan un problema añadido que el modelo económico neoliberal parece incapaz de resolver: un crecimiento constante de la deuda. Ese rasgo definitorio no ha cambiado ni antes de la crisis, ni en la crisis, ni después de la crisis. De hecho, a la salida de la crisis, avanzamos firmemente hacia una deuda global que asciende a tres veces el tamaño de la economía de todo el planeta y se asemeja a la situación que ha vivido el mundo después de las grandes guerras mundiales.

En el pasado, entre 1950-1980 la deuda global (incluyendo la deuda pública, la corporativa, la financiera y la de los hogares) se mantuvo en niveles cercanos al 100% del PIB. Fue entrando en los años 90 cuando comenzó su imparable subida, que aún continúa. Si en 2000 representaba un 246% del PIB global, en 2007 había ascendido al 269% y en 2014 al 289%.

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http://positivemoney.org/2015/02/200-trillion-debt/

               

  1. Un modelo no solamente estancado sino profundamente inestable

Las predicciones de crecimiento económico para 2016 (3,4% global, 2,1% en los países avanzados, 6,3% en China y 4,3% en los mercados emergentes), confirman el horizonte de bajo crecimiento con el que comenzaba esta nota. Las previsiones de crecimiento son del 1,7 en Alemania y del 1,3 en Francia o Italia. Incluso en EEUU el crecimiento postcrisis ha sido por término medio del 2%, y a pesar de que se habla de un desempleo menor que el 5%, la tasa de participación en el mercado laboral está en el 63%, la más baja desde los años 70. Un dato complementario es la falta de crecimiento del comercio internacional que apenas remonta a la salida de la crisis.

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Las políticas de expansión monetaria que se han utilizado como receta para incentivar la recuperación no están dando el resultado esperado y, además, los tipos negativos a los que han conducido anuncian el fin de su hipotética efectividad.

¿Cómo es posible que después de una expansión monetaria tan enorme, sus resultados sean tan parcos? Si la deuda es “proxy” y correlato de los efectos de la expansión monetaria, el cuadro siguiente es elocuente:

% Tasa compuesta del crecimiento anual de la deuda a escala global[9]

2000-2007 2007-2014
Economías familiares 7,3 5,3
Empresas 5,7 5,9
Gobiernos 5,8 9,3
Sector financiero 9,4 2,9

La expansión monetaria parece haber tenido un efecto relativamente neutro tanto en el crecimiento del endeudamiento de las economías familiares y las empresas. Sin embargo, parece que hay un trasvase claro entre el sector público, que ha aumentado extraordinariamente su ritmo de crecimiento de deuda y el sector financiero, que la ha reducido su ritmo de endeudamiento de modo igualmente drástico. Conclusión: la expansión monetaria ha servido principalmente para desapalancar y rescatar al sector financiero, pero este rescate no se ha traducido en tasas de crecimiento económico apreciables para las economías domésticas o las empresas.

Ahora, a la situación de débil recuperación y a la amenaza de estancamiento económico, hay que añadir en los primeros meses del año 2016, el sobresalto causado por los mercados bursátiles, que han perdido en torno a un 25% de su valor, están con el corazón en un puño y, a la mínima, están tendiendo a vender todo lo vendible. Como decía hace un mes escaso el Royal Bank of Scotland a sus clientes: “Vendan todo excepto los bonos de alta calidad. No estamos hablando ya de retornos al capital, sino de retornos del capital”.

¿Qué puede mover a que a una recuperación débil se le añada este pánico?  Los dos “accidentes de recorrido” que se apuntan como causas son:

  • La guerra de precios en la que se ha embarcado Arabia Saudí para expulsar del mercado a la masiva producción de combustible fósil debido al fracking estadounidense está hundiendo economías importantes, comenzando por Rusia
  • El plan de ajuste/estabilización chino al moderar su crecimiento y su demanda, está suponiendo que los precios de las materias primas caigan en picado, y eso está repercutiendo en la entrada en recesión de muchos países particularmente en América Latina: Brasil, y la región en su conjunto tienen pronósticos negativos de crecimiento para este año (-0,3%).

Pero estos dos nuevos elementos no habrían hecho que las bolsas entraran en una senda tan pronunciada de pérdida de valor sin los elementos siguientes:

  • El descenso de los precios del petróleo y las materias primas están poniendo en peligro el tejido productivo de muchos países emergentes, cuyo sector privado, siguiendo la pauta del modelo neoliberal del mundo desarrollado, se ha endeudado hasta las cejas, sobre todo desde 2008. Hoy la deuda privada en los países emergentes es más del 120% de su PIB, y en un contexto de menores ingresos por materias primas esto augura amenazas importantes de impagos. El encarecimiento, aún simbólico, del tipo de interés del dólar, ha repercutido, además, en el encarecimiento de la deuda pública en esas regiones, con lo que las posibilidades de impago de su deuda pública han aumentado también.
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  • En Europa, el sector financiero enfrentado a tipos de interés negativos intenta mantener altas rentabilidades después de la crisis con una sobreexposición a derivados de alto riesgo. El caso del Deutsche Bank, cuya exposición a derivados de alto riesgo está situado en la asombrosa dimensión de 16 veces el PIB de Alemania es un ejemplo paradigmático de la situación que, a pesar de todos los aprovisionamientos de capital, tienen muchos bancos europeos.
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Fuente: Bloomberg, Deutsche Bank, Zero Hedge, DB Derivates.

Lo que debe preocupar de estas alucinantes cifras es que una parte muy importante de la sobreexposición está relacionada con la evolución de los precios de las materias primas,  y esto incrementa seriamente las posibilidades de “default” en las condiciones anteriormente descritas.

En definitiva, en el contexto de una débil recuperación y unas políticas inefectivas para solucionarla, el aumento de la deuda y la continuación de las prácticas de alto riesgo del mundo financiero son los elementos que añaden peligrosidad a lo que está ocurriendo ahora.

Sin embargo, esto no es nuevo. Por el contrario es una historia que se repite: contemplando con un poco de perspectiva el recorrido de la economía a lo largo de la época en la que el modelo neoliberal ha imperado, se observa claramente una tendencia que define su naturaleza inestable, – la emergencia de “burbujas” y “pinchazos”[10].

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Con sus peculiaridades se ha dado en España una evolución similar.

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http://www.investing.com/indices/spain-35-chart

En el marco del modelo económico neoliberal, la tendencia previa de crecimiento moderado y estable de la valoración bursátil se ha ido transformando en una época de exuberancia de la riqueza trufada de episodios de “burbujas” y “pinchazos”: la evolución del FTSE 100 presenta en el gráfico de más arriba tres impresionantes episodios: a partir de 1995 la “burbuja” y el “pinchazo” tecnológicos en torno al año 2000,  la “burbuja” y el “pinchazo” que precedió a la gran recesión de 2008…y el episodio en el que nos vamos adentrando ahora.

La causa de esta tendencia a la inestabilidad ha sido en los tres casos la misma: una expansión monetaria que reflota y rescata activos, no penaliza el exceso de endeudamiento y conduce a su sobrevalorización hacia una “burbuja”, que lleva a continuación, en cuanto aparecen accidentes de recorrido, al “pinchazo”, al frenazo de un crecimiento en cualquier caso débil y posiblemente al estancamiento.

La combinación de una tendencia al estancamiento y una tendencia a la inestabilidad es lo que explica con mayor claridad por qué el modelo neoliberal está conduciendo al capitalismo a un callejón sin salida.

Pero un modelo así, débil e inestable y que se basa en la expulsión de las clases medias y trabajadoras del mundo de las oportunidades, no impide sin embargo, sino que propicia, que el 1% de la población siga una senda expansiva  de enriquecimiento, – que en 2016 ya significa más del 50% de la riqueza mundial.

Por eso, a pesar de la irracionalidad del modelo y a pesar de que conduce a un callejón sin salida al sistema capitalista, hay fuerzas muy poderosas que no cederán fácilmente la posición que han adquirido en él.

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Notas

 

[1] http://www.keepeek.com/Digital-Asset-Management/oecd/economics/policy-challenges-for-the-next-50-years_5jz18gs5fckf-en#page1

[2] http://www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/academic/The_Future_of_Employment.pdf

[3] “Postcapitalismo, hacia un Nuevo Futuro, Editorial Paidós Ibérica, ISBN 9788449331879

[4] Miguel Otero en su excelente artículo “Radiografía (y primera resonancia) de la economía mundial: ¿estancamiento secular o shock tecnológico deflacionario?” http://linkis.com/org/mFdX3

[5] http://manuescudero.es/blog/2015/11/17/no-te-gusta-la-palabra-neoliberalismo-pues-vives-en-el/

[6] http://www.voxeu.org/article/global-income-distribution-1988

[7] http://www.mckinsey.com/insights/economic_studies/debt_and_not_much_deleveraging Febrero 2015

[8] http://www.tradingeconomics.com/euro-area/money-supply-m3

[9] http://www.mckinsey.com/global-themes/employment-and-growth/debt-and-not-much-deleveraging

[10] http://blogs.channel4.com/paul-mason-blog/governments-tackle-unsustainable-global-economic-trends/4336

 

Un horizonte nada brillante: una economía enclenque e inestable

by

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Las predicciones de crecimiento económico para 2016 (3,4% global, 2,1% en los países avanzados, 6,3% en China y 4,3% en los mercados emergentes), confirman ese horizonte. Las políticas de expansión monetaria que se han utilizado como receta para incentivar la recuperación no están dando el resultado esperado y, además, los tipos negativos a los que han conducido anuncian el fin de su hipotética efectividad.

Pero ahora, a la amenaza de estancamiento económico, hay que añadir el sobresalto causado por los mercados bursátiles, que han perdido en torno a un 25% de su valor, están con el corazón en un puño y, a la mínima, están tendiendo a vender todo lo vendible. Como decía hace un mes escaso el Royal Bank of Scotland a sus clientes: “Vendan todo excepto los bonos de alta calidad. No estamos hablando ya de retornos al capital, sino de retornos del capital” ( http://www.theguardian.com/business/2016/jan/12/beware-great-2016-financial-crisis-warns-city-pessimist )

¿Qué puede mover a que a una recuperación débil se le añada este pánico?  Los dos “accidentes de recorrido” que se apuntan como causas son, como todos sabemos:

  • La guerra de precios en la que se ha embarcado Arabia Saudí para expulsar del mercado a la masiva producción de combustible fósil debido al “fracking” estadounidense está hundiendo economías importantes, comenzando por Rusia
  • El plan de ajuste/estabilización chino al moderar su crecimiento y su demanda, está suponiendo que los precios de las materias primas caigan en picado, y eso está repercutiendo en la entrada en recesión de muchos países particularmente en América Latina: Brasil, y la región en su conjunto tienen pronósticos negativos de crecimiento para este año (-0,3%).

Sin embargo, estos dos nuevos elementos, por importantes que sean, no habrían causado los profundos recortes de valor en las bolsas. Hay otras circunstancias que multiplican sus efectos:

  • El descenso de los precios del petróleo y las materias primas están poniendo en peligro el tejido productivo de muchos países emergentes, cuyo sector privado, siguiendo la pauta del modelo económico del mundo desarrollado, se ha endeudado hasta las cejas, sobre todo desde 2008. Hoy la deuda privada en los países emergentes es más del 120% de su PIB ( http://www.telegraph.co.uk/finance/economics/11916485/3-trillion-corporate-credit-crunch-looms-as-debtors-face-day-of-reckoning.html ) y en un contexto de menores ingresos por materias primas esto augura amenazas importantes de impagos. El encarecimiento, aún simbólico, del tipo de interés del dólar, ha repercutido, además, en el encarecimiento de la deuda pública en esas regiones, con lo que las posibilidades de impago de su deuda pública han aumentado también.

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  • En Europa, el sector financiero enfrentado a tipos de interés negativos intenta mantener altas rentabilidades después de la crisis con una sobreexposición a derivados de alto riesgo. El caso del Deutsche Bank, cuya exposición a derivados de alto riesgo está situado en la asombrosa dimensión de 16 veces el PIB de Alemania es un ejemplo paradigmático de la situación que, a pesar de todos los aprovisionamientos de capital, tienen muchos bancos europeos.

 

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Lo que debe preocupar de estas alucinantes cifras ( http://www.elconfidencial.com/mercados/2016-02-09/la-alerta-roja-por-deutsche-bank-apunta-a-un-colapso-europeo-tipo-lehman-brothers_1149407/ ) es que una parte muy importante de la sobreexposición está relacionada con la evolución de los precios de las materias primas,  y esto incrementa seriamente las posibilidades de “default” en las condiciones anteriormente descritas.

En definitiva, en el contexto de una débil recuperación y unas políticas inefectivas para solucionarla, el aumento de la deuda (a escala internacional hoy ya cercana al 300% del PIB mundial) y la continuación de las prácticas de alto riesgo del mundo financiero a la caza de grandes retornos son los elementos que añaden alta peligrosidad a lo que está ocurriendo ahora.

Sin embargo, deberíamos caer en cuenta de que esto no es nuevo. Por el contrario, es una historia que se repite

Contemplando con un poco de perspectiva el recorrido de la economía a lo largo de la época en la que el modelo económico actual ha imperado, se observa claramente una tendencia que define su naturaleza inestable: la emergencia de “burbujas” y “pinchazos” (“boom and bust” en el análisis de Paul Mason http://blogs.channel4.com/paul-mason-blog/governments-tackle-unsustainable-global-economic-trends/4336 ), como describe con claridad el gráfico siguiente:

 ftse 100

Con sus peculiaridades en España ( http://www.investing.com/indices/spain-35-chart ) se ha dado una evolución similar.

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En el marco del modelo económico actual (que habría que denominar modelo económico neoliberal, – pero es otra historia), la tendencia previa de crecimiento moderado y estable de la valoración bursátil hasta 1995, se ha ido transformando en una época de exuberancia de riqueza, trufada de episodios de “burbujas” y “pinchazos”. La evolución del FTSE 100 presenta en el gráfico de más arriba tres impresionantes episodios: a partir de 1995 la “burbuja” y el “pinchazo” tecnológicos en torno al año 2000,  la “burbuja” y el “pinchazo” que precedió a la gran recesión de 2008…y el episodio en el que nos vamos adentrando ahora.

La inestabilidad profunda que se ha instalado en los mercado parece ser una tendencia del modelo económico, puesto que ha repetido ya tres veces la misma secuencia: a) una expansión monetaria que b) reflota y rescata activos en crisis, c) no penaliza el exceso de endeudamiento, d) conduce a la sobrevalorización de valores hacia una “burbuja”, e) lleva a continuación, en cuanto aparecen accidentes de recorrido, al “pinchazo”, y, f) por fin, al estancamiento de un crecimiento, en cualquier caso, débil.

No es un futuro brillante.

Sin embargo, un modelo así, enclenque e inestable, no impide, sino que propicia, que el 1% de la población siga una senda expansiva  de enriquecimiento, – que en 2016 ya significa más del 50% de la riqueza mundial.

Por eso, a pesar de la irracionalidad del modelo y a pesar de que conduce a un callejón sin salida, hay fuerzas muy poderosas que no cederán fácilmente la posición que han adquirido en él.

¿Condenados a la desigualdad?

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sociedad libre

Las desigualdades excesivas, popularizadas en torno a la idea de la “sociedad del 1% frente al 99%”, han irrumpido en la agenda pública tanto en España como en todo el mundo desarrollado.

Por supuesto, todas las sociedades albergan algún tipo de desigualdad, y esto es hasta cierto punto positivo, – el corolario de una sociedad libre es una sociedad en alguna medida desigual, en la que hay espacio para opciones personales de promoción social.

Pero lo que se está dibujando hoy son sociedades polarizadas y desintegradas, en las que ha surgido una tendencia a que el 20% que más gana se despegue del 80% restante, y donde el 1% concentra una porción leonina y abusiva de renta y riqueza.

Conviene, de salida, deshacer dos mitos: aunque hay que agradecer enormemente a Oxfam la llamada de atención mundial que ha hecho sobre la desigualdad, a veces ha podido caer en el exceso de afirmar que se trata de una tendencia universal. Y no es así. Las desigualdades excesivas no se están produciendo en todo el mundo, sino, fundamentalmente, en los países más avanzados. En el resto del mundo los aumentos de la renta, que ha progresado de modo espectacular en los últimos 25 años, se han repartido algo más ecuánimemente.

También conviene deshacer otra idea muy extendida: la tendencia a unas diferencias de renta progresivas y exacerbadas  no ha sido causada por la crisis sino que se gestó mucho antes, en concreto desde finales de los años 80 del pasado siglo, – si bien, se ha agudizado hasta el extremo durante la larga crisis.

El gráfico que se presenta a continuación sirve para ilustrar los dos puntos mencionados. Nos muestra el reparto de los incrementos de renta a escala mundial entre 1988 y 2008, en los 20 años previos a la crisis. A pesar de su aparente sencillez, este cuadro esconde una gran elaboración estadística, puesto que resume las ganancias porcentuales acumuladas de renta de todos los habitantes de todos los países, clasificados a partir de los estratos de renta que ocupaban en 1998 (en el eje horizontal).

 

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Según sus autores ( http://www.voxeu.org/article/global-income-distribution-1988 Christoph Lakner , Branko Milanovic ) los grandes aumentos de renta favorecieron a dos segmentos. En primer lugar, los ciudadanos situados en torno a la zona media del gráfico, que casi doblaron sus rentas: los “ganadores” son las crecientes clases medias del Asia resurgente (China, Indonesia, Tailandia o India) y algunos países de América Latina.

Por otra parte, los otros grandes “ganadores” fueron las rentas más altas: el 5% de la población mundial contabilizó el 44% del aumento de toda la renta entre 1988 y 2008.

Pero es entre estos dos grupos donde se representa a los “perdedores”, aquellos que o no han visto incrementos importantes de su renta o que la vieron menguar en esos 20 años: se trata de las clases trabajadoras y medias de los países de la OCDE.

La tendencia a una desigualdad exacerbada, que polariza las sociedades desarrolladas se manifiesta al menos de dos formas principales:

  • Una primera tendencia es que los que más renta ganan van aumentando sus ganancias en relación a la mayoría de ciudadanos. Esto es comprobable si observamos la evolución a lo largo de los años de la renta media y de la renta de la mayoría de ciudadanos. Cuando la renta media aumenta más rápidamente que la renta de la mayoría esto significa que los segmentos de renta más alta de la sociedad van ganando terreno en relación al ciudadano normal.

Esa tendencia ya existía antes de la crisis en España: la diferencia entre la renta media y la renta de la mayoría aumentó entre 1995 y 2007 en 21,5%. Y entre 2008 y 2013 esta diferencia creció  otro 23,2%. Se puede decir, por tanto, que las desigualdades ya se estaban fraguando antes y se duplicaron durante la crisis.

Esto no solamente ocurrió en España: desde 1975 se observa la misma tendencia en los EEUU, de modo que, para 2010 la renta media se había alejado 80 puntos respecto a la renta de la mayoría de la población.

  •  Una segunda tendencia consiste en las diferencias de renta entre los ciudadanos normales y los “superstars” se han disparado de modo exponencial. Esto ocurre en campos tan diversos como el arte, la literatura, los deportes, la moda, y por supuesto, los grandes inversores, CEOs y consejeros de grandes empresas.

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 Ya en 2006, es decir, antes de la crisis, cuando el salario medio español era de unos 19.700 euros, la paga de altos ejecutivos superaba en más de 100 veces ese sueldo. La situación se ha mantenido sin variación a lo largo de la crisis y a su salida: si el salario medio de los españoles en 2012 era de 22.700 euros, el salario promedio de un consejero ejecutivo de una gran empresa del Ibex35 ascendía a 2,9 millones de euros anuales, (https://www.cnmv.es/portal/Publicaciones/Informes.aspx ): 126 veces el salario medio español

Una situación similar existe a nivel internacional: los ejecutivos de las empresas englobadas en el FTSE 100 ganaban en 2014 una renta 131 veces la del salario medio en sus compañías  (http://www.hrmagazine.co.uk/article-details/the-evolution-of-executive-pay ). Sin embargo en los años 60 del pasado siglo, antes de que se iniciara la carrera hacia sociedades desiguales, los CEOs ganaban en promedio 40 veces el salario medio.

La aparición de las desigualdades excesivas, y su crecimiento a lo largo de los últimos veinte años, obedece a dos factores que se refuerzan mutuamente.

Por un lado es resultado del modelo económico que se inauguró en los años ochenta, el modelo económico neoliberal, en el que aún estamos inmersos. Sus rasgos han estado en operación y se han profundizado a lo largo del tiempo: la destrucción del poder organizado de los trabajadores, la tendencia a la baja de los salarios, la aparición del “precariado”, la financiarización de la sociedad (por la que el consumo y la inversión familiar se mantienen con el recurso a un crédito abundante, compensando así el descenso en los salarios de la mayoría). Todos estos rasgos explican de modo muy principal la emergencia de la desigualdad en los países desarrollados.

Pero esto se ha visto reforzado por otra tendencia paralela: lo que se ha dado en llamar en el Foro Económico de Davos la “cuarta revolución industrial”, la digitalización económica.

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A decir del informe que ha publicado el Foro Económico Mundial, esta revolución va a significar hasta 2020 la desaparición neta de cinco millones de puestos de trabajo. Sin embargo los efectos de la economía digital son anteriores, y probablemente, no tan tranquilizadores. De acuerdo con un detallado estudio de 702 profesiones hecho en 2013 se concluía que un 47% de los puestos de trabajo actuales en los EEUU estaban en riesgo de desaparecer debido a la digitalización de muchas profesiones rutinizables, cualificadas o no cualificadas (http://www.oxfordmartin.ox.ac.uk/downloads/academic/The_Future_of_Employment.pdf ).

Los efectos de la economía digital van más allá, y explican la aparición de las “superstars” antes mencionada. La digitalización ha transformado los mercados en instantáneamente globales. En ellos, el pago a los de arriba no se relaciona con el desempeño en términos absolutos, sino en términos relativos: se paga a los que están en la cúspide no tanto por su productividad directa, sino porque una pequeña ventaja comparativa respecto a otros posibles candidatos se traduce en beneficios incalculables en los mercados globales. Por ello hemos visto surgir en nuestras sociedades a esos “superstars”.

Las “stock options”, o el pago de directivos en acciones ligadas a la valoración bursátil, fue el primer elemento de los increíbles sueldos de grandes ejecutivos. Esto creó un nuevo mercado, en el que los grandes directivos se comenzaron a cotizar por cifras astronómicas. A partir de ahí, por emulación, los salarios directivos en general se han ido gradualmente despegando de su productividad y el resultado son los excesos que antes hemos señalado y que están contribuyendo muy poderosamente a la creación de sociedades más y más desiguales, donde el 20% prospera y el 80% se estanca.

 

El escenario actual, donde las clases trabajadoras y medias no progresan, parece que continuará en el futuro. Lo siento, no lo digo yo, sino la OCDE (http://www.keepeek.com/Digital-Asset-Management/oecd/economics/policy-challenges-for-the-next-50-years_5jz18gs5fckf-en#page21 ), que asegura que las desigualdades en renta crecerán hasta 2060 entre un 17 y un 40%. De hecho nos auguran un futuro muy poco optimista: países reconocidos por su justicia social, como Suecia o Noruega se irán pareciendo más a la media de la OCDE, mientras que los países de la OCDE se parecerán más y más, en términos de desigualdades a los EEUU.

Como asegura Paul Mason en su magistral “Postcapitalism: a guide to our future”, habría que concluir diciendo que las generaciones actuales, las más educadas en toda la historia de la Humanidad difícilmente van a aceptar ese futuro de alta desigualdad.

La Responsabilidad Social Empresarial: ¿una “bella durmiente” mientras afuera arrecia la tempestad social?

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Entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que es la “Carta Magna” que todos los países acordaron el pasado Septiembre seguir como hoja de ruta durante los próximos 15 años, la desigualdad, y su expresión máxima, la pobreza, está muy altas entre las prioridades de las metas a cumplir.

Y no es de extrañar. La realidad es que al tiempo que surgía y se desarrollaba la RSE como movimiento internacional, en los últimos veinte años, de 1998 hasta 2008, el 5% más rico de la población mundial se había embolsado el 45% del incremento mundial de renta, y las clases medias y trabajadoras en los países desarrollados veían sus renta estancadas o en franco retroceso.

El problema además se ha agudizado con la crisis, y esto, como ha puesto de manifiesto el último estudio de OXFAM, ha adquirido una relevancia especial en países como España. En nuestro país, la desigualdad se está dando con los tintes más extremos. En 2012, el 20% de la población más pudiente ganaba 7,2 veces la renta del 20% más humilde: y esto nos colocaba a la cabeza de la desigualdad en Europa, seguidos en tan triste ranking por Grecia, Letonia, Rumanía o Bulgaria. Así es nuestra sociedad de contrastes sociales exagerados: mientras uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de la pobreza, las SICAV acumulan más de 30.000 millones de euros y en un solo trimestre (el segundo trimestre de 2015) ganaron 1.314 millones de euros.

El problema de la nueva tendencia a la desigualdad es tan importante que está modificando, incluso el tipo de gráfica estadística con la que se le representa. Siempre hemos creído que todo tipo de población se distribuía de un modo normal, a través de una distribución en forma de campana, la “campana de Gauss”: con unos segmentos minoritarios de la población, equidistantes y similares, situados en las colas de ambos extremos y con la mayoría engordando la parte central de la campana. Últimamente se comienza a hablar de otras distribuciones estadísticas que describen mejor las desigualdades crecientes en las rentas: las llamadas distribuciones de “ley de potencias”. La distribución de las rentas en España se comienzan a estas últimas: una campana muy escorada hacia las rentas más pequeñas, pero con una larga cola que va cubriendo tramos importantes hacia las rentas más elevadas. El gráfico siguiente nos muestra esa distribución de las rentas españolas en 2010, y las desigualdades que expresa:

Esto tiene un significado muy preciso: La era de las distribuciones en forma de campana, que suponían una clase media abultada se ha acabado y nos dirigimos hacia una distribución de las oportunidades económicas  tipo “ley de potencias”.

CURVA DE POTENCIAS

Resumiendo: por varios motivos señalados aquí – porque, por un lado, la Responsabilidad Social de las empresas se va a medir en el futuro por el impacto que tenga en la consecución de los ODS, y por otro lado por la especial virulencia que el aumento de la desigualdad tiene en los países de la OCDDE en general y de España, en particular, – está bastante justificado preguntarse sobre cómo las empresas pueden contribuir a resolver el problema. Esta pregunta  afecta de modo mayor a las empresas grandes, las que más poder despliegan en el mercado y a las que se les supone una capacidad de acción e impacto social mayor.

Sin embargo, la pregunta no ha sido respondida por ahora.

Probablemente habrá quien diga que la tendencia a la desigualdad tiene un carácter social general, y que poco pueden hacer las empresas para contribuir a resolverla. Ese planteamiento es una gran equivocación: contribuir o no a aliviar las desigualdades ha pasado a ser un elemento importante de la legitimidad, o de la “licencia para operar” de las empresas, sobre todo en países donde las desigualdades se han convertido en uno problema principal de la agenda pública.

En las líneas que siguen intentaré esbozar tres caminos que la empresa española debería transitar para colaborar en la construcción de una sociedad menos desigual.

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1.- Primero, las desigualdades se alivian mediante la creación de empleo de calidad.

Los empleos decentes (con condiciones de contrato estables y con salarios decentes) son un elemento necesario para que la desigualdad no se extienda como un cáncer en la sociedad. Por el contrario, crear empleos precarios y extender el “precariado” solo conduce a una sociedad desigual donde se cumple aquello del “enriquecimiento que empobrece”. Cierto que las empresas solamente pueden crear empleo de calidad en la medida que la actividad económica repunte. Pero la economía española ya ha comenzado a crecer y, sin embargo, por el momento solamente un contrato de cada diez nuevos contratos es un contrato fijo…

Las empresas también pueden generar empleo de modo indirecto de múltiples maneras: mediante el apoyo (de formación, financiero) para que las PYMES de su entorno se consoliden y crezcan, y con ello creen empleo. O mediante el apoyo al emprendimiento de modo que surjan nuevas actividades económicas que generen empleo. Este tipo de iniciativas solamente se podrían multiplicar exponencialmente si las empresas que ya avanzan por ese camino se coordinaran en acciones colectivas. Esto, además de multiplicar el impacto en el desempleo, multiplicaría también la reputación de las empresas responsables. Es curioso que España, siendo un país con empresas tan avanzadas en RSE sea un páramo respecto a iniciativas colectivas de RSE. ¿Quizás este momento tan extremo podría ser muy apropiado para romper esa tendencia al avance en solitario en la RSE?

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2.- Segundo, las desigualdades se alivian cumpliendo con la fiscalidad, no eludiéndola: en la medida en que todos pagamos nuestros impuestos, en esa medida éstos pueden ser utilizados para redistribuir la renta y suavizar las desigualdades.

Esto lleva directamente a lo que llamo el “cuarto oscuro” de la RSE. El cuarto oscuro de la RSE, aquél al que aún no llega por lo general la luz de las prácticas transparentes tan consustanciales en teoría de la RSE, es la gestión financiera que se realiza en la empresa.

Es ahí donde se pueden localizar prácticas irresponsables de empresas que, por lo demás, en sus estrategias generales, en los productos o servicios que venden y en cómo hacen todo ello, son consideradas perfectamente responsables.

El máximo exponente de las prácticas ocultas son las prácticas de elusión fiscal y la desviación de ingresos a paraísos fiscales: todos sabemos que la elusión fiscal es perfectamente legal, pero ¿es aceptable y es legítima? Hay que decir claramente que no. En un país en el que las desigualdades crecen, maniobrar para no pagar los impuestos debidos en el país es un acto de gran irresponsabilidad, que detrae fondos que irían directamente a aliviar las desigualdades. Sin embargo, diversas fuentes coinciden en que la mayoría de las grandes empresas españolas tienen operaciones en paraísos fiscales, y los datos apuntan a un crecimiento exponencial (del 2000%) en la inversión española en paraísos fiscales.

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3.- Tercero, las desigualdades se alivian reduciendo la brecha existente en las remuneraciones en las empresas.

En los años 60 en los EEUU el pago a ejecutivos respecto a los trabajadores en la empresa no superaba el ratio 1:40. Hoy se sitúa por encima de un ratio de 1:300. En España en 2012, cuando el salario medio era de 22.700 euros, la paga de consejeros ejecutivos era de 2,9 millones anuales, un ratio de 1:126. Es posible que la paga ejecutiva se haya elevado por la importancia que la más nimia decisión de un consejero ejecutivo puede tener en los mercados globales. Pero también se ha elevado por la creencia, que se ha demostrado falsa, de que lo importa para el éxito de una empresa es la maximización de su valor bursátil. Esa visión cortoplascista, – cuyo inventor, Jack Welsh, luego calificó como “la idea más tonta del mundo”-, sigue imperando en los Consejos de Administración. Sus consecuencias, en  la forma de pagas fuera de toda proporción, deslegitima, más que cualquier otra cosa, a las grandes empresas españolas, por mucho que avancen en otros terrenos de la RSE.

¿Por qué ocurre esto? Creo que tiene que ver con la globalización: la digitalización ha transformado los mercados en instantáneamente globales. En ellos el pago en la cumbre no se relaciona con el desempeño en términos absolutos, sino en términos relativos. Esto quiere decir que se paga a los que están en la cúspide no tanto por el valor añadido que ellos producen, por su productividad directa, sino porque una pequeña ventaja comparativa suya respecto a otros posibles candidatos se traduce en beneficios incalculables en los mercados globales. De ese modo, hemos visto surgir en nuestras sociedades a los “superstars”, – en campos tan dispares como los emprendedores de innovaciones tecnológicas de éxito, pero también en los campos del arte, la literatura, los deportes o la moda.

Las “stock options”, o el pago de directivos en acciones ligadas a dicha valoración, fue el primer elemento de los increíbles sueldos de grandes ejecutivos. Esto creó un nuevo mercado, en el que los grandes directivos se comenzaron a cotizar por cifras astronómicas. A partir de ahí, por emulación, los salarios directivos en general se han ido gradualmente despegando de su productividad y el resultado son los excesos que antes hemos señalado y que están contribuyendo muy poderosamente a la creación de sociedades más y más desiguales, donde el 20% prospera y el 80% se estanca.

En definitiva, hay problemas nuevos, que se estaban gestando en el pasado y que han pasado al centro del escenario en nuestros días. La desigualdad es uno de ellos. Y, ante esos nuevos problemas, la RSE debe salir de los caminos trillados y de las zonas de confort, para plantearse estos nuevos retos. De lo contrario, puede convertirse en una “bella durmiente”, irreprochablemente perfecta, pero que permanece dormida cuando ahí afuera arrecia la tempestad social.