Políticas para la vida diaria: horas y horarios, – dos temas centrales

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Cuántas horas trabajamos? Con qué horarios lo hacemos? Parecen preguntas banales, pero son asuntos centrales. Pertenecen a una esfera de problemas que deberíamos llamar “políticas de la vida diaria” – sin duda las más importantes para los ciudadanos.

Dos reflexiones encadenadas me han hecho pensar este fin de semana sobre estas cuestiones: la de Verónica Lechuga en el Blog Salmón,  y las ideas de Jordi Ortega en “Efectos en la salud e insostenibilidad de la organización del tiempo: reforma horaria?” Os recomiendo leer estas contribuciones, porque seguro que serán mucho más comprensivas y ricas de lo que yo , inspirado por ellas, pueda decir en esta breve reflexión.

Quisiera plantear las siguientes tres proposiciones:

1.- Estamos abocados a una disminución de las horas de trabajo.

Esto ya ha ido ocurriendo a lo largo de toda la historia de la industrialización. Así por ejemplo:

  • En 1870 se trabajaban 61 horas a la semana y 11 horas al día en el Reino Unido
  • En 1950 se trabajaban 40 horas a la semana y 8 horas al día, en la mayoría de los países desarrollados.
  • En algunos países, como Francia se decidió en los años 90 repartir el trabajo acortando la jornada a las 35 horas
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¿Por qué se fue produciendo esta tendencia? Probablemente por un doble componente: en primer lugar por un mayor contenido tecnológico de la producción, que ha ido aumentando la productividad compensando con creces la reducción de horas de trabajo. En segundo lugar por las reivindicaciones de los trabajadores, algunas veces con grandes huelgas y enfrentamientos monumentales, para lograr mejores condiciones de vida.

2.- La tendencia a la reducción de las horas de trabajo se acelerará en el futuro

 Esto va a ocurrir por varias razones.

  • En primer lugar, la incorporación de la mujer al mundo del trabajo remunerado así como el aumento de la esperanza de vida y el retraso en la edad de jubilación son dos tendencias que implican que la cantidad de trabajo humano aumenta, y por ello, la exigencia de repartirlo aumenta también.
  • En segundo lugar, la necesidad de ir a nuevas distribuciones en el reparto de las tareas de la casa y el cuidado de los niños, o dicho de otro modo, la conciliación de la vida laboral y familiar actúan como una nueva y poderosa presión en la demanda de menores horas de trabajo.
  • En tercer lugar, la digitalización de la economía, y sobre todo la inteligencia artificial y los robots van a hacer que, aunque no desaparezca el trabajo humano, va a verse redirigido a ámbitos como la creatividad, las decisiones estratégicas, la comunicación compleja, la inteligencia emocional y el reconocimiento de pautas sin marcos preestablecidos y los servicios personalizados, que difícilmente podrán hacer los robots. Dicho de otro modo, vamos a ir orientando nuestra actividad hacia nuevos horizontes, trabajando en red y en modo “free-lance”, sin necesidad de estar en un lugar de trabajo para desarrollar nuestra actividad, sin necesidad de contar las horas que hacemos sino los resultados que conseguimos, en una frontera cada vez más indistinguible entre ocupación profesional y aficiones.
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Aunque en algunos países como España nos hemos estancado en las 40 horas semanales y 8 horas al día, en otros, como Suecia y el Reino Unido,  ya están experimentando con las 30 horas, con resultados muy positivos desde el punto de vista de la motivación y la productividad.

No es de extrañar por tanto que surjan abogados de acortar aún más las horas de trabajo y dejarlas, como no hace mucho ha propuesto Carlos Slim, en tres días a la semana. Y tampoco es de extrañar que gente sabia y progresista exclame, como José Mújica en una entrevista reciente en la Cadena Ser: Tenemos que discutir cuántas horas vamos a trabajar en el mundo entero (…) en vez de ser ricos en carros, seamos ricos en ocio.

La conclusión es clara: en España los partidos de izquierda deberían plantearse con seriedad ir reduciendo el número de horas de trabajo, avanzando en los próximos años hacia el horizonte de las 30 horas semanales.

3.- Hay que acabar con la irracionalidad de los horarios laborales españoles.

En otros países,-  literalmente en todos los países europeos que nos rodean, –  la modalidad de trabajo en la empresa de 8 a 4 está ya quedando anticuada y cayendo en desuso.

Pero en España, como si fuera un islote, seguimos con un horario dominante de 9-10 de la mañana a 7-8 de la tarde, con un descanso para la comida de un par de horas. Califico esta pauta como dominante porque estructura a su vez los horarios de muchos servicios relacionados, como los espectáculos, la televisión, los restaurantes, etc. Los perjuicios son ingentes:

  • Dificultades enormes para la conciliación de la vida personal y familiar
  • Doble carga de trabajo para las mujeres.
  • Los dos aspectos anteriormente mencionados tienen una gran repercusión en fenómenos relacionados: por un lado en la falta real de oportunidades para que las mujeres ocupen puestos de alta responsabilidad en las empresas, y por otro lado, en el envejecimiento y declive del tamaño de la población, debido a la baja tasa de natalidad.
  • Abandono de la educación activa de los hijos, de la convivencia familiar
  • Dificultades para el cultivo personal.

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Se puede apreciar, por sus consecuencias, que la reforma de los horarios es un tema de la máxima gravedad en España y cuya resolución es urgente.

En conclusión, la reducción de jornada y la reforma de horarios forman un tándem muy poderoso de políticas de la vida diaria que de acometerse, cambiarían la faz de la sociedad española y la modernizarían y humanizarían.

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