No, pero sí – Evaluando el acuerdo de París #COP21

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No sé dónde he leído un titular a propósito de la Convención Marco sobre Cambio Climático que se titulaba “Sí, pero no”. Yo quiero encabezar esta reflexión con el título opuesto: “no…pero sí”. Es decir, por supuesto que no ha cumplido con muchas expectativas, pero al final es valioso lo que se ha alcanzado el 12 de Octubre en París.

Por supuesto, la palabra “renovables” aparece una sola vez, en un preámbulo del acuerdo que no tiene valor legal, y además conectada con el desarrollo sostenible en determinadas áreas del planeta, como África. Por supuesto que el tema de cortar o limitar los subsidios a los combustibles fósiles o dejarlos inutilizados a partir de 2050 no aparece en la Convención. O metas respecto a la necesidad de ganar la batalla de la eficiencia energética o metodologías concretas, o quién y cómo van a financiar los $ 100 mil millones que se han acordado. Nadie encontrará en la Convención ni una palabra desde el punto de vista de la lucha concreta contra el cambio climático, cómo enfrentarla con éxito y con qué políticas concretas. Esto, naturalmente, ha supuesto una gran decepción para muchos que ven con meridiana claridad que el cambio climático comienza a afectar a millones de personas, es un asunto urgente y que no admite espera, y que está ligado a la voracidad y a prácticas empresariales insostenibles.

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Pero la Convención se ha sellado con otros elementos importantes que conviene destacar:

  1. Kioto lo firmaron 15 países; en Copenhague no pudo firmar nadie; la Convención ha sido aprobada sin reparos por 195 países, incluyendo China, India y los EEUU.
  2. La Convención plantea un objetivo que ahora ya es compartido: evitar que la temperatura ascienda por encima de los 2 grados y esforzarse porque la subida desde los niveles preindustriales baje hasta los 1,5 grados.
  3. Plantea una senda doble, de reducción de los gases de efecto invernadero y de mitigación de los efectos adversos de posibles efectos de cambio climático que tiene las siguientes características:
  • Todos los países deberán presentar cada cinco años su contribución nacional al objetivo establecido, y estas contribuciones deberán ser cada vez más ambiciosas.
  • Se pondrá en marcha una metodología común `para medir dichas contribuciones, existirá un registro mundial público y se realizará un inventario mundial constantemente actualizado.
  • La hoja de ruta incluye un compromiso para alcanzar el máximo de emisiones en el menor plazo de tiempo posible y en cualquier caso una disminución rápida de las mismas a partir de 2050.
  • Los países desarrollados apoyarán con financiación al resto de los países, mediante un fondo de 100 mil millones.

En definitiva, la Convención es clara respecto al objetivo que asumen todos los países presentes que, a su vez, acuerdan un marco único mundial para avanzar hacia ese objetivo, y además pactan tres principios obligatorios como guía de su actividad futura: transparencia e información periódica, contribuciones progresivas y proporcionalidad en el esfuerzo.

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Para decirlo con una imagen: si lo que se esperaba de París era asomarse a la espléndida vista de un río caudaloso, lo que los países han sido capaces de firmar es el trazado del río y dónde ha de desembocar. Pero el cauce no lleva agua; ésta la ha de poner cada país, y cada organización de la sociedad civil en su contienda diaria frente a los que siguen empeñados en derrochar la energía, explotar los combustibles fósiles, subvencionarlos, utilizarlos o poner en circulación productos y servicios que los usan.

Estamos en una época de transición, en la que una porción desproporcionada del poder está en manos de una minoría, – de la minoría que en otros “posts” he identificado con ese 1% que nunca lo tuvo mejor frente a la mayoría. El problema es que los efectos de su actuación irresponsable comienzan a amenazar al propio sistema en el que han “hecho su agosto”. Esto ocurre en el terreno medioambiental, como es el caso que analizamos aquí. Pero también la irresponsabilidad de esa minoría con exagerado poder es aplicable  al terreno social (en el que nos abocan a una sociedad cada día más desigual), en el terreno financiero (en el que aspiran a una creciente financiarización de la sociedad) o en el terreno económico (en el que quisieran conservar y fortalecer estructuras monopolistas u oligopólicas en terrenos claves como los servicios básicos o la nueva economía digital).

En esta situación, en casos como el que analizamos aquí a propósito de la Convención Marco aprobada en París, podemos esperar en el plano internacional avances y denuncias, pero no esperemos triunfos concluyentes. Por cierto, hay que hacer una reflexión similar respecto a otras muchas iniciativas internacionales de largo recorrido, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible aprobados en Septiembre en Naciones Unidas, los Principios Rectores para los Derechos Humanos y Empresas o los 10 Principios del Global Compact.  Todos estos grandes referentes internacionales apuntan en una dirección de progreso a partir de la realidad actual, pero todos ellos también reflejan las resistencias al cambio y por ello adolecen de falta de concreción respecto a los problemas reales que habrá que superar para avanzar en dicha dirección.

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Si avanzamos, lo iremos haciendo a trancas y barrancas porque los que se oponen a los cambios harán todo lo posible por arrastrar los pies y mantenerse en su zona de confort para ganar tiempo, aunque sepan en su fuero interno que la batalla, a largo plazo, ya la tienen perdida.

Lo que debemos hacer frente a ellos es valorar los marcos internacionales cuando son apropiados, como es el caso del acuerdo de París para, a renglón seguido, no dar tregua a la realidad y seguir impulsando las transformaciones necesarias

No se ha ganado la guerra, pero sí una batalla muy importante: “no…pero sí”, como se decía al principio.

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