¿Quién puede detener el fascismo en Europa?

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Se dice que la Unión Europea ha dado un paso fundamental el lunes día 9 de Mayo al ofrecer a Grecia una restructuración (aplazamiento del pago) de su deuda y una reducción de sus tipos de interés al 2%. La restructuración, que tendrá dificultades en Alemania, implica alargar sus plazos entre 5 y 10 años.

¿Deberíamos estar contentos por nuestros vecinos griegos?

Yo no las tengo todas conmigo, por varias razones. En primer lugar porque sigue sin modificarse el compromiso básico de que Grecia alcance y mantenga – desde 2018 hasta vaya a saber usted cuándo,- un superávit presupuestario del 3,5% del PIB (0,5 en 2016, 1,8 en 2017). Sí, ha leído bien: en un país que ha perdido desde 2010 un 25% de su PIB y en el que el desempleo se sitúa en el mismo 25%, se le exige como condición para seguir dotándole de fondos con que pagar su deuda, que se sitúe a la cabeza de Europa con  un superávit del 3,5% de su PIB dentro de tres años. Son cifras irreales, y todo el mundo lo sabe. Christine Lagarde, la Directora del Fondo Monetario Internacional, escribió la semana pasada una carta a todos los ministros de Finanzas de la UE en las que les decía que ese objetivo era mucho más alto que lo que el Fondo considera como sostenible económica y socialmente para Grecia en el largo plazo.

Pero si alguien piensa que el Fondo Monetario Internacional, como el segundo gran prestatario del rescate griego después de la UE, se está reblandeciendo, se equivoca.

Mientras ocurría esto, el 2 de Abril se publicitó desde Wikileaks la transcripción de una conversación entre dos altos funcionarios del Fondo Monetario Internacional, que discutían la nueva ronda de negociaciones con Grecia y jugaban con la idea de escenificar un “evento de acreedores” para forzar al país a una situación cercana a la bancarrota.

Aparentemente esto es contradictorio: desde el Fondo se avisa de que no es realista el objetivo de que Grecia alcance un superávit presupuestario de 3,5% del PIB; se aboga  desde el Fondo por la restructuración de su deuda y la UE así lo admite; pero al mismo tiempo se juega con la idea, por supuesto desmentida por el representante del Fondo en Europa Poul Thomssen, de seguir con la táctica de presionar a Grecia, acercándola al abismo.

presión a grecia

Y sin embargo estos hechos no son tan contradictorios entre sí.

Paul Mason, periodista comprometido y uno de los más influyentes pensadores de la izquierda europea con su libro “Postcapitalismo”, reflexionaba hace unos días sobre el comportamiento al que se está acostumbrando la UE en la resolución de los problemas de la crisis: se ha jugado siempre a llevar las cosas al límite. Más que diálogo, existe, como modus operandi, la presión sin piedad  al límite sobre el deudor. Yo pienso que lo peor es que esta dureza está inscrita en el ADN de la Unión. Un detalle no menor es el frío mandato estatutario del Banco Central Europeo: no dice ni una palabra acerca de trabajar por el crecimiento económico o el empleo europeo: su mandato se limita a asegurar la estabilidad de los precios.

La segunda tendencia viene explicada por el desconcierto general que existe a nivel internacional respecto a cómo salir del peligro de deflación que nos amenaza, sobre todo al mundo desarrollado. Las dudas de la Reserva Federal sobre si continuar o no con la subida de los tipos de interés en los EEUU iniciada a comienzos de este año, las dudas del Gobernador del Banco de Inglaterra o del Presidente del Banco de Pagos Internacionales acerca del agotamiento de la eficacia de la política de expansión cuantitativa (monetaria) para sacarnos de la situación, la invocación a otras políticas que no acaban de concretarse, van reflejando una creciente incertidumbre y confusión por parte del “establishment” económico mundial sobre si lo que se está haciendo para resolver los problemas que aquejan a la economía es acertado. Particularmente relevantes son las dudas crecientes sobre cómo se puede abordar el problema de una deuda global (tanto pública como corporativa y privada) que no ha parado de crecer desde comienzos de los años 2000, y que ya se sitúa cercana al 300% del PIB global. Esto último, naturalmente, actúa como un “test de realidad” y repercute directamente en la incertidumbre de si lo que se ha hecho con Grecia, – el rescate más salvaje de la historia conocida – ha sido acertado. Es en esta coyuntura en la que se inscribe este paso novedoso de la restructuración, siempre cauta y bien medida, del pago de la deuda griega.

Pero, con todo, las espadas siguen en alto. La presión sigue siendo el arma principal para imponer una disciplina presupuestaria de hierro.

La lección que debería asimilar España en estos momentos es que no se puede ir a negociar con el “establishment” económico europeo o mundial armado única y exclusivamente de patriotismo. Las palabras de Tsipras, aquellas que dijo en Junio de 2015 “Si lo que quiere Europa es que se mantenga la sumisión, tomaremos la decisión de decir no y lucharemos por la dignidad de nuestro pueblo”, no han servido sino para redoblar la presión sobre el país.

protegiendo con escudo

Es evidente, como asegura Paul Mason, que Tsipras, con su escudo mellado por los golpes descargados desde la troika, ha logrado proteger más a los griegos y a los refugiados sirios (no hay que olvidarse de ellos ni un momento) que lo que habría hecho cualquier otro gobierno.

Pero hay que concluir también que para cambiar esta Europa que solamente dialoga con el puño por delante y se olvida de la solidaridad, se necesita mucha más fuerza que la que pueda tener la izquierda radical europea: solo una alianza entre ésta y una socialdemocracia que se caiga del caballo y retorne a poner las cosas en su sitio en nombre de sus valores de libertad, igualdad y solidaridad, serán capaces de arrancar las reformas que se precisan. El escenario alternativo es una Europa en horas bajas en la que los partidarios de desmembrarla, de la xenofobia y la autarquía, -cuando no el fascismo puro y duro, – crecen alarmantemente.

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