Ante el Brexit: cambio radical o declive de Europa

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El Reino Unido se ha divorciado de la UE. La noticia es tan disruptiva que apenas nos sentimos capaces de abarcarla desde todos sus ángulos.

En el Reino Unido  el hecho está causando un maremoto de proporciones históricas: en Irlanda del Norte se pide la anexión a Irlanda, en Escocia se proclama un segundo referéndum, Cameron dimite y se abre la búsqueda de nuevo líder conservador, y en el Partido Laborista los “blairitas”, con brío renovado, intentan descabalgar a Corbyn mientras la izquierda laborista reclama una salida progresista de la UE (un “ProgrExit”).

En el plano económico, el hecho ha conmocionado a la libra, al euro, a la prima de riesgo, a las bolsas que se hunden y a los bancos que pierden valor en las bolsas. Para algunos, después de la conmoción vendrá el rebote. Yo no las tengo todas conmigo: en un sistema económico global cogido con alfileres como el actual, cualquier espoleta, y ésta es de gran calibre, puede ocasionar el siguiente Lehman Brothers.

Mientras tanto, en Europa se han multiplicado las llamadas a la serenidad, y los más reflexivos comienzan a hablar de un cambio del proyecto europeo con apelaciones a “más Europa”, “más integración” y un impulso renovado. Pero se equivocan: a partir de ahora o se produce un cambio radical o la UE entrará en declive. El “brexit” ha colocado a la UE contra las cuerdas, y la única salida posible es una nueva coalición política que lidere ese cambio radical.

El Reino Unido es el primer país que decide divorciarse de la UE porque siempre ha permanecido con un solo pie en el estribo. Su vocación atlántica como potencia puente entre los EEUU y Europa, viene desde los tiempos de Churchill. Y en los 40 años de medio-permanencia en Europa, el corazón de laboristas y conservadores ha permanecido dividido. Pero dejar el análisis ahí sería tonto. Porque a esa indefinición histórica se le ha unido el éxito fulgurante de la derecha xenófoba británica, materializada en el rápido ascenso del Ukip, que ha actuado como detonante radicalizando a los conservadores para que no dieran tregua a Cameron hasta que convocó la consulta.

Las clases medias rurales nostálgicas del imperio han sido pasto del Ukip. Pero también lo han sido los trabajadores empobrecidos por décadas de decadencia industrial, recortes en los servicios públicos y precarización laboral en una espiral a la baja que no cesa.

La imagen que mejor describe lo que ha pasado en el Reino Unido fue Londres. Allí las nuevas clases urbanas, enriquecidas por la burbuja de la vivienda, los profesionales que prosperan en la nueva economía  y todos los que se benefician de la City han votado mayoritariamente por la permanencia en Europa, como un islote rodeado por las clases trabajadoras del Este londinense y el resto de Inglaterra y Gales, que han favorecido masivamente el “brexit”.

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La clave del “brexit” está en que el populismo ultranacionalista y xenófobo ha sido el catalizador que ha llevado al Reino Unido a romper la indefinición que mantenía desde el final de la Segunda Guerra Mundial respecto a Europa: un populismo nacionalista y xenófobo que va recogiendo el descontento de segmentos crecientes de las clases populares que rechazan las pretendidas virtudes del neoliberalismo por la sencilla razón de que a ellos, más que beneficiarles, les va empobreciendo.

Por eso, la reacción más significativa en Europa no han sido las llamadas a la fortaleza o los lamentos de los políticos europeos, sino la fulminante respuesta de toda la ultraderecha populista, que se ha apresurado a pedir referendos para salir de la UE en Francia, Holanda, Italia, Alemania, Dinamarca y Austria.

Esa ultraderecha (a la que hay que añadir la que existe en los países del Este de Europa incorporados a la UE, como Hungría o Polonia) es tan pujante que ha logrado ya que las pusilánimes autoridades del status quo europeo acuerden una política inhumana respecto a los millones de refugiados, una vergonzosa negación de los derechos humanos de asilo. Y el pasado viernes, con el Brexit, esa ultraderecha ha logrado su segunda gran victoria.

A los que mantengan la cabeza serena ante lo que ha ocurrido, hay que decirles que esto es el preámbulo de lo que se le viene a Europa encima: el neoliberalismo ha moldeado una Europa de los egoísmos y la insolidaridad, de los bajos salarios y la desigualdad creciente, coronado todo ello por un Banco Central Europeo que se dedica en teoría a mantener la estabilidad de los precios, pero que es incapaz de relanzar el crecimiento económico y el empleo para todos. La coalición política que ha impulsado esa Europa está pilotada por los conservadores y el Partido Popular Europeo, en alianza histórica con los demócratas liberales y el apoyo en muchas ocasiones del reformismo gradualista de los socialdemócratas europeos. Su legado es la emergencia de la peor versión de una resistencia al “establishment”, en la forma de una ultraderecha que tiene motivos para felicitarse porque progresa sin parar.

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Es hora de que se caigan las vendas de los ojos de todos los amantes de la democracia y la paz social. Solamente una socialdemocracia que se disponga a cambiar el modelo actual, en alianza con una izquierda radical que ponga su ímpetu al servicio de ese cambio, logrará convencer a los más recalcitrantes, como la socialdemocracia alemana, para cambiar Europa. Solamente un nuevo proyecto de izquierda democrática logrará cambiar los destinos de Europa y detener a una ultraderecha que, por el momento, se apropia del descontento popular. O eso o Europa seguirá su declive institucional, político y social.

En España, los Pirineos aún nos siguen impidiendo ver con luces largas, y más en medio del fragor de las batallas electorales actuales. Pero estaría bien que nos diéramos cuenta de que la derecha ultranacionalista avanza sin parar al otro lado; que los conservadores son incapaces de frenarla, porque la han generado y se comienzan a plegar ante ella. Que aquí, en España, tenemos una oportunidad para que una alianza entre los socialistas (si deciden meter en cintura al capitalismo) y la izquierda radical (si aclara su naturaleza aún confusa) se convierta en embrión de la solución que necesita Europa país a país y en su conjunto. Si esta visión triunfara, comenzaríamos a ver en el futuro más respeto y diálogo entre las fuerzas de la izquierda, en vez de excesos de sectarismo y transformismo o intentos de sepultar al vecino con tretas y dobles lenguajes.

Los enemigos están ahí, están progresando y en esa batalla, que se libra en España y en Europa, nadie que luche por la justicia social sobra.

progresismo europeo

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